GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Las lluvias de agosto dejan siempre un arco iris perfecto, un sendero de luces que nos lleva directamente hacia la niñez y la ciudad mágica de Oz, y que forma un nombre sobre una melodía, el de Judy Garland. La misma luz que a nosotros nos alumbró al final del camino fue la que mantuvo la suya en penumbras, las que convirtieron sus sueños de canción de cuna en pesadillas. Fue la suya una vida de niña prodigio. Con una carrera iniciada cuando era pequeña y guiada por su madre, conoció pronto las exigencias de los estudios cinematográficos. Ligada ya desde los trece años a la MGM, comienza aquí para ella una espiral de abusos y humillaciones que afectarían su autoestima, incitándola al consumo de drogas y alcohol y a los desórdenes alimenticios. Cuando cumple 16 años es escogida para interpretar el papel de Dorothy en la película El mago de Oz. El papel le exige llevar apretados corsés y desde los estudios comienzan a suministrarle anfetaminas para controlar su peso y desarrollo y al mismo tiempo, conseguir que aguante el duro ritmo impuesto en los rodajes. Y fue en ese momento cuando se atrevió a soñar, que sus sueños se convirtieron en realidades, realidades que paliaba con el alcohol y las drogas y relaciones amorosas que nunca comenzaron bien y acabaron peor.

Cinco, como los colores del arco iris, fueron sus matrimonios, pero serÍa el mejor con Vicente Minnelli, no por feliz, sino por productivo. Sus pocos años como pareja dieron al mundo genialidades de la mano de Minnelli y magistrales interpretaciones de ella (ninguno el de madre) y una hija que aunó ambos talentos en una vida tan dificultosa como la de la madre, la famosa Liza Minnelli. Vicente Minnelli era abiertamente gay y aunque por aquel entonces no había salido del armario, lo abría en su propia casa para actores y directores famosos.

Divorciada de Minnelli, metida de lleno en el mundo de las drogas y el alcohol, aún aguantó otros dos maridos que la arruinaron y la dejaron hundida: el tercero le robó millones de dólares, y el cuarto la dejó asombrada, al enterarse de que había tenido relaciones con su yerno, esto es…el marido de su propia hija Liza Minnelli. No me extraña que a raíz de esto se drogasen juntas, yo me hubiese esnifado todas las rayas del puto arco iris.

A partir de 1950 actuaba sin parar en conciertos, clubs de lujo y en televisión, siempre con enorme éxito, convirtiéndose en icono gay. Viajaba sin parar, dejando a Liza al cuidado de niñeras. Sus “viajes” nocturnos junto a Edith Piaf y Marlene Dietrich en Paris, acompañados de cocaína, heroína y champaña siempre acaban cerrados por derribo.

No había fiesta en Hollywood que no asistiera, Marlon Brando la recordaba con tristeza, siempre rodeada de aves de rapiña, esperando las cantidades que pagaba sin escatimar por carne joven.

En Junio de 1965 contrajo matrimonio con Mark Herro, que la acompañó en su gira por Australia, donde Judy escenificaba la degradación física y moral de Hollywood: en Melbourne llegó tarde y salió al escenario totalmente alcoholizada, dando tumbos y drogada. Apenas pesaba 40 kilos, iba vestida de rojo y verde y no tenía fuerzas para levantar los brazos, fue su hija Liza quien la sacaría del escenario.

Murió, sola, de una sobredosis de dios sabe cuanto alcohol y pastillas en un hotel de Londres en junio de 1969. Sería su amiga del alma, Marlene Dietrich quien se ocuparía de todo para el último viaje, aquel que la llevaría por encima de las chimeneas, a algún lugar sobre el arco iris. Tenía 47 años.