Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Vivimos una época en la que lo realmente importante somos nosotros, nuestras opiniones, que valen tanto como las de cualquiera, por muyexperto en la materia que sea o perito en la técnica que fuere, nuestras ideas a las que tenemos tanto derecho como el vecino, aunque a veces no respeten a ese vecino o a los propios derechos. Hace bastantes décadas que el verdadero protagonista de todo lo que nos rodea es el yo que nos ampara y nos cobija y nos oculta. Es verdad que frente a esta moderna opción de un egoísmo palmario, el mundo resulta, de una manera contradictoria, cada vez más solidario y más fraternal y más desinteresado, porque nosotros somos así para lo bueno y para lo malo; y me refiero, claro está, a la especie humana, que tantos tumbos ha dado a lo largo de la Historia, mientras extendía por doquier la guerra y la destrucción, descubría la penicilina e inventaba Internet; es curioso que cuanto hemos aportado al mundo tiene su parte positiva y su lado oscuro, desde la pólvora hasta la novela, desde los viajes a la Luna a la democracia.
Hay gente que todo lo justifica acogiéndose al latiguillo del título de este artículo. Ser de una manera concreta es la coartada perfecta para obrar con absoluta impunidad, movidos por una voluntad soberana que nadie puede discutirles, intocables tras el escudo de su intimidad metafísica.
Si gritamos, si insultamos, si no somos cariñosos o lo somos en exceso, si nos descaramos con el mundo o asumimos humillados todas las penas y todos los castigos es porque somos así.
No conozco ningún adverbio (¡qué digo!) no conozco ninguna palabra que signifique tanto y, a la vez, signifique tan poco, que nos disculpe tanto dislate y tantos errores y, a cambio, nos defienda y nos sitúe en un buen lugar, porque ser así, ser de un modo específico, que no es el modo del otro y que tampoco ayuda al otro, nos aparta del rebaño y nos concede un estado de privilegio y de gracia, una suerte de aforamiento personal, de privacidad inviolable en la que podemos recogernos como en un refugio antinuclear.
No seré yo el que establezca alguna jerarquía en estos modos de ser tan particulares e indiscutibles, pero también las opiniones y los juicios se defienden en estos tiempos de vulgares debates televisivos como un asunto de honor, como si la palabra de cualquiera estuviese en el nivel de la palabra de Dios y, por lo tanto, fuese incuestionable e inamovible.
En otra época, hablaban los que sabían y los otros callaban y escuchaban; algunos aprendían y otros oían la lluvia mientras golpeaba los cristales casi sin propósito. Así ha sido desde antiguo y así debería seguir siendo. A los muchachos no nos dejaban meter baza en las conversaciones de los mayores y el que no entendía de cualquier tema, se abstenía de participar so pena de ser censurado; igual daba si era un asunto del campo, del clima o de los ganados; si había que levantar un muro derecho o podar la arboleda o elegir el momento idóneo para la siembra. Aquellos eran hombres serios, ni así ni asao, y mantenían su palabra, eran corteses y educados y evitaban entrometerse en temas de los que no entendían.
Hombres y mujeres como Dios mandaba.