Juan C. Muñoz Vargas

Yo no conocí a mi abuelo, murió muy pronto, casi cinco años antes que el dictador. Y yo nací muy tarde. Él era un retrato a lápiz colgado de una de las paredes del apartamento de mi abuela, que a ella sí que la conocí. Catalana de pura cepa, libertaria escondida bajo el disfraz de abuela sentada frente al televisor viendo las retransmisiones del Canal 11 desde el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Guerra, Francia, el nombre de un barco, Dominicana… palabras sueltas que siempre estaban dando vueltas en el aire de esas tardes de sábado que mis padres, mi hermana y yo pasábamos con ella durante mi niñez. Nunca nadie las aterrizó. De él, muy poco: Sargento, esa herida de guerra y “Murcia”, así entre comillas, porque mientras que de mi abuela sabíamos santo y seña (o creíamos saber), de él nadie parecía tener nada demasiado claro más allá de su nombre. Y lo que ella sabía, jamás lo dijo. Quizás porque nadie se lo preguntó, porque nadie preguntó nunca nada. Ni yo, claro.

De aquellos días recuerdo el contraste. Sábados con la abuela, comida macrobiótica en un pequeño apartamento perfectamente ordenado y silencioso, tardes larguísimas para un niño al que no dejaban tocar nada. Libros y retratos de gente desconocida e historias de un lugar lejano llamado Cataluña, y la bandera de las cuatro barras y/o el escudo del Barça aquí y allá, en ceniceros, platitos y otros souvenirs de viajes. Quizás algún pasodoble en la radio -muy bajito- de fondo. Y una abuela muy delgada, de voz baja, tranquila, siempre impecablemente arreglada y con olor a productos “Maja”, que para mí eran lo más español del mundo. Aún hoy pienso en todo eso cuando pruebo el arroz integral, su plato preferido que siempre nos servía. Y los domingos visita a los abuelitos, los padres de mi madre. Familia mexicana al completo, un enorme apartamento, divertidísimo, caótico, ruidoso y lleno de gente, tíos y tías arremolinados en la cocina, frente al televisor o alrededor de una mesa repleta de comida, y primos que van y vienen de un patio enorme lleno de macetas que de tanto en tanto rompíamos con el balón para recibir una brusca reprimenda de mi abuelita. Todo esto entre gritos de goles del América que mi abuelito intentaba callar para no despertar al bebé de turno.
El ruido y el silencio de un día para otro, ese ya larguísimo silencio que cubría toda la vida de esa abuela tan diferente a las demás, que me hacía sentir especial y decir con arrogancia a mis compañeros de escuela “yo soy español”. Mucho tiempo más duró ese silencio, hasta que comenzó a romperse en mi primera visita a España, siendo yo un adolescente y sin saber muy bien de qué hablaba aquel tío de mi padre cuando me contó que mi abuela se había marchado rumbo als Pirineus cuando el ejército insurrecto ya entraba por el otro lado del pueblo y que él había tenido que esconderse. Luego, a mi regreso, un documental de Granada TV en VHS que me prestó el hermano de mi padre para que entendiera un poco de qué iba la cosa y que comenzaba con unas notas de guitarra que aún hoy me ponen la carne de gallina y que tanta, tanta pena me hacían y me hacen sentir por los vencidos. Pero todavía no era momento, por más que lo intentaba, apenas lo ponía me quedaba dormido y tenía que volver a empezar. Y entonces perdí la oportunidad de saber la historia completa de boca de mi abuela que ese mismo año murió. Quedaron las contadas fotografías de un álbum y las tres palabras que sabíamos de mi abuelo y ni una más, ni un papel ni un amigo ni nada, absolutamente nada. Parecía que el silencio se quedaría para siempre, pero ese fue el principio de las preguntas. Las respuestas tardarían veinte años más en llegar.

Poco menos de un año después de la muerte de mi abuela se cambió la Constitución mexicana para permitir la doble nacionalidad hasta entonces prohibida. Mi padre, nacido ya en México, acudió al consulado español para realizar el trámite y se encontró con que los papeles de mi abuela no servían de nada porque hasta 1978 la mujer española no transmitía la nacionalidad a sus hijos, sólo el varón. ¡1978! Entonces comenzó a buscar papeles de mi abuelo, pero “Murcia” resultó ser demasiado grande, especialmente en la era previa al internet. Preguntó sin éxito a todos los familiares de mi abuela que o no sabían nada o resultaron estar equivocados, e incluso contrató el servicio de una agencia que ayudaba a los “sin papeles” a conseguir la nacionalidad española, pero claro, eran gestores y asesores, no investigadores. Un día se plantó en el Registro Civil de la ciudad de Murcia y estuvo dos días buscando en cajas olvidadas. Nada. Parecía imposible. ¿Sería verdad lo de “Murcia”? Tras varios años sin encontrar nada, mi padre obtuvo la nacionalidad española sin necesidad de esos papeles al beneficiarse de una modificación al Código Civil contenido en la Ley 36/2002, todas las personas cuyo padre o madre haya sido español y nacido en España pueden optar por la nacionalidad española sin límite de tiempo o de edad. Pero siempre quiso ser español para que sus hijos también lo fuéramos, así que faltaba la mitad, él no podía transmitir la nacionalidad ya que no había nacido en España. En 2007, llegó la Ley de Memoria Histórica.

La Ley de Memoria Histórica me abría la puerta para la nacionalidad española, pero el día de la cita me topé con el mismo obstáculo: los documentos de mi abuela no me valían, necesitaba comprobar que mi abuelo había sido español. Me despacharon de un plumazo. La ley establecía un plazo de alrededor de dos años para realizar el trámite y tardaban meses en conceder cita, así que se convirtió en una carrera contrarreloj. El poco tiempo y su negativa tajante fueron, sin yo saberlo, justo los estímulos que necesitaba para emprender una búsqueda exhaustiva. De pronto se volvió para mí un asunto de justicia, mi abuelo había existido, había nacido en España, había luchado y se había exiliado, y yo iba a conseguir que entrara a los registros oficiales. Gustara o no. En México, ¿tal vez también en España?, la gente muy religiosa le pide cosas a dios y a cambio le ofrece hacer algún sacrificio, una visita andando al santo o a la virgen de un templo lejano por ejemplo, y al momento de hacerlo el cansancio llega a ser tan grande que se achaca a “estar cargando” a una persona que murió antes de poder cumplir con lo que ofreció y a la que se está ayudando a llegar al cielo. Mi madre, medio en broma y medio en serio, dice que en ese momento mi abuelo “se me subió”. No se ha bajado.