Pascual García (pasgarcia62@gmail.com) 

En tiempos de mis abuelos (los dos eran, por cierto, grandes fumadores) los hombres que no gastaban tabaco solían levantar sospechas. Un hombre que no fuma no sabe a na, argumentaba mi abuelo Pascual solemne y convencido de que su pequeña debilidad entrañaba, asimismo, una virtud indiscutible en aquellos años recios de escaseces y trabajos duros. Las mujeres, en cambio, no fumaban, como no hacían tantas cosas, porque casi todo les estaba vedado, excepto cargar como burras con el peso de la casa y de los hijos y ayudar en todo lo posible a su marido en el mantenimiento económico de la familia. Fumar, entonces, era cosa de machos aguerridos, y los críos mirábamos a los mayores con envidia, porque, como todos los niños, deseábamos crecer deprisa y hacernos hombres muy pronto.

Los anuncios de la tele animaban al vicio, mezclando un aire de aventura con la prestancia que el protagonista mostraba con un cigarrillo entre los dedos o colgado de los labios. Recuerdo perfectamente a aquel vaquero que cabalgaba por la pradera americana y que al término de su jornada, bajaba del caballo y encendía un pitillo de la marca que algún tiempo después yo también consumiría.

El humo no le molestaba a nadie y, si le molestaba, se iba a otra parte con sus melindres. El cáncer de pulmón apenas consistía en una vaga leyenda, aunque los hombres morían asfixiados o entre terribles padecimientos. Se fumaba en todas partes menos en la iglesia, pero los hombres acostumbraban a salirse a la puerta en las ceremonias largas para echar un cigarro y hablar de sus cosas. Tampoco se fumaba en el cine, tal vez porque el piso era de madera y existía riesgo de incendio, pero en la escuela fumaban los maestros y en las consultas, los médicos y en los despachos, los funcionarios, del modo natural como se hacía todo.

Ni que decir tiene que se fumaba en todos y en cada uno de los bares, cafeterías y discotecas, en las reuniones sociales de cualquier clase, en el trabajo y en los domicilios particulares.

Con el desarrollismo y la influencia europea en los años sesenta nos modernizamos y nos pusimos al día en los usos foráneos. Las mujeres comenzaron a fumar con la avidez con que las habíamos visto en las películas extranjeras, y ya no hubo quien las detuviera hasta ahora mismo, cuando las estadísticas indican que el vicio ha proliferado más entre la población femenina. Mientras tanto los muchachos nos iniciábamos en el fumeque desde muy niños y adquiríamos el hábito a edades muy tempranas. De manera que hubo unos años en que fumaba todo el mundo, salvo unos pocos enfermos terminales y las mujeres de una edad madura o avanzada.

Hoy no podríamos admitir un  mundo como el que cuento, porque hoy no solo nos hemos sensibilizado contra todos los viejos denuestos, contra los usos y hábitos que en una época parecieron inamovibles, sino que además da la sensación de que nos molesta todo o de que, de  una forma paradójica, denunciamos ciertos desmanes sociales mientras permitimos otros horrores.

Los bares se han despoblado de improviso y la gente se ha salido a la calle a beber y a fumar a espuertas, a gritar y a molestar a los otros sin tener en cuenta que es en el interior de estos locales donde, si el dueño lo permite, se puede hacer cualquier cosa, incluso tirarse algún pedo de vez en cuando. En cambio, la calle es de todos, como lo es el aire y la luz y la paz de las noches.

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie
, escribía García Lorca subyugado e insomne ante el bullicio y las luces de la noche en aquel extraordinario libro que se trajo de su estancia en la ciudad de Nueva York.

Hoy ya no fuma nadie, porque está prohibido, pero los adictos son legión y han tomado las calles y no nos dejan en paz. Me parece justo que cada cual haga en su casa lo que le venga en gana y en los bares lo que le permita el dueño. Y a quien le moleste que no vaya.