José Luis Martínez Valero

Este libro por su peso, pastas duras, editado por Gollarín, idea y obra de Paco Marín, resistente al olvido, está hecho para durar. Dibujos a lápiz de Pascual Adolfo Salueña, tan minucioso como realista, simbólico, casi surrealista, evocador y poético. Más un DVD con imágenes de los lugares, montes, ramblas, árboles, sembrados. Oímos ,las voces de algunos informadores y canciones.

Si tuviese que poner nombre a este artículo, sería:¿Ubi sunt? Claro que el libro se titula: Y también se vivía, palabras que resumen la adaptación al medio de Darwin y el ascetismo senequista. ¿Qué pretende? Mostrar que la existencia es un milagro y que vivirla en determinados sitios ha sido, sin duda, otro milagro. Dar a conocer que aquellos hombres y mujeres, al seguir el ritmo de las estaciones, se incorporaban al ser de la tierra, y sus alegrías y tristezas, venían marcadas por la luz del sol, por las cosechas, la lluvia, el nacimiento y la muerte. En el libro asistimos al fin de esa cultura, está dirigido a nuestra conciencia, leerlo compromete.

Parece una larga conversación mantenida en un duro invierno junto al fuego, en cualquiera de esas posadas o cortijos que visitan sus personajes, mientras afuera la nieve o la lluvia arrecian. Jesús utiliza el término científico y la palabra terruñera, especie de onomatopeya de la tierra. Transforma la línea en espacio, la dota de relieve y así parece que lo acompañamos. Se trata de una lengua pictórica, transparente, donde el concepto y la metáfora son una misma cosa.

Jesús es historiador y geógrafo, el buen historiador se documenta, y así para saber ha recorrido montes, ramblas, cultivos, ganados, árboles, sendas, construcciones, actas, periódicos, testigos, ruinas, herramientas, costumbres y fiestas, ha dado voz a estos lugares, hoy mudos.

Como profesor, utiliza la Pedagogía de la alusión, que Ortega considera fundamental en el buen maestro:Quien quiera enseñarnos una verdad que no nos la diga: simplemente que aluda a ella…

El narrador y su amigo Prudencio, especie de alter ego, son comparables a las figuras de D Quijote y Sancho. Juntos recorren las tierras que comprenden el norte de Caravaca, Moratalla, Campo de San Juan, La Puebla de Don Fadrique, Santiago de la Espada, Nerpio. Enclave en el que coinciden cinco provincias: Murcia, Almería, Albacete, Granada y Jaén. No se detiene en los núcleos de población, que el tiempo ha transformado, sino en aquellos que la historia borra, asistimos a su particular peregrinación en busca de lo que fue.

Uno puede pensar que, Secundino y Genaro, son los protagonistas; de profesión buhoneros, estraperlistas, compradores de lana, cortezas de pino, pieles, pasan de la mula al carro y del carro a la furgoneta, con los que atravesamos la historia del veinte, República, guerra y larguísima posguerra, hasta la desaparición de oficios, cultivos, cortijos, ganado, casas y caminos.

Sin embargo, sobre las ruinas, como en un palimpsesto, descubrimos el modo de vivir. Cómo era la casa, cómo se alumbraban, cómo cocinaban, cómo combatían el frío, dónde dormían, también cómo hablaban, se relacionaban con los vecinos y cómo se divertían. El tiempo ha reducido a los habitantes de cortijos, caseríos y pequeños pueblos a fantasmas. Y los vemos como en un sueño, a través de la niebla de los años. Jesús, al dar voz a estos parajes, les da vida, y el lector siente que todos descendemos de aquellas gentes, que sus sentimientos son los nuestros.

En ese mundo ágrafo, la palabra de los hombres, tenía un valor. Las palabras no se las lleva el viento, aquellas eran tan solemnes y sagradas como sus montes, realidades agrestes, pero inamovibles.

Con la lectura de este libro, he recordado El viaje a la Alcarria, donde Cela recupera el procedimiento de andar y ver, descubrimiento del paisaje, iniciado por nuestros escritores del 98. Ellos buscaban la identidad, Machado en la encina encontraba el ser de España, Cela en sus viajes pretende mostrar la vida real en contraste con la oficial. ¿Qué descubrimos en este libro? Que esta tierra que pisamos es parte del planeta. A veces es la propia tierra la que habla, Baroja decía que no somos hijos de la tierra, sino que somos la tierra misma que piensa y siente.

Es como si la geología hablase. El ritmo es oral. La sonoridad tajante de la jota: cortijás, cenajos, tajo, favorece el carácter pictórico del texto. Se anda y se ve a través de las palabras, gusta de las enumeraciones:

Luego iba al Cuarto Nuevo y a Vista Alegre, que tenía tres pisos, o Los Ratones, Las Tiesas, Los Patiños, La Toscana –una finca de siete pares de mulas y con buenos riegos-, El Condado, Casablanca de Arriba, Cerro del Cántaro, Lóbrega, Los Álamos, Cortijo Grande.(200)

La cultura del campesino se concreta en sentencias y aforismos, en ellos reposa el recelo, la desconfianza de la que habla Jesús: De molinero cambiarás, pero de ladrón no escaparás.

A veces utiliza coplas populares:Todo el viejo que casa/ Con mujer niña/ Él mantiene la cepa/ Y otro la vendimia.

A menudo el paisaje se humaniza. Asistimos a la historia de su formación: Se asoma a la Rambla Mayor por el barranco de las Sabinas, que cruza sus predios y deja ver sus tierras ocres, que se quedaron ahí después de que la Rambla Mayor y sus barrancos tributarios hicieran su trabajo erosivo como ya dijimos. El terrazgo va formando longueras, porque hay algo de pendiente, pero pan daban…(334)

Para finalizar diré que no sé si este libro debe leerse en el campo o en el monte, siempre bajo un árbol, o bien en la casa, sentado en el rincón más fresco, esas tardes largas de verano, mientras afuera el sol incendia las calles y la luz es tan potente que ciega. Aunque os aseguro que si sé que es un libro para volver a leer, ya sea verano o invierno.