Marcial Garcia Garcia

Correspondiente de la Real Academia Alfonso X el Sabio

Señoras y señores amantes de la cultura: ¡sean ustedes bienvenidos!

Alegra, en estos tiempos de ceniza y adocenamiento, ver la expectativa que puede ocasionar la presentación de un libro en un país que se lee tan poco. Quizás que vuestra presencia, además de un gesto de apoyo al autor y los convocantes, sea un augurio de que la tendencia empieza a cambiar. De una u otra forma, reitero mi bienvenida.

En casos como éste, el presentador suele comenzar dando las gracias por la confianza depositada en su verbo, aprovechando la ocasión para auto alabar su persona más de lo correctamente aconsejable. Este servidor va a darlas por lo primero, pero advertirá severamente, tanto al autor como al editor, por la idoneidad de su cometido:

¿Habéis ponderado adecuadamente la oportunidad de mi persona para tan laudable encargo? ¿Creéis que sabré ser profeta en mi tierra?

Lo digo por aquello del riesgo innecesario, ya que a los profetas se les suele apedrear de ordinario, pero, en su tierra, tal justiciero acto suele ir precedido por el despeñamiento o defenestración, para mayor escarmiento. Uno ya está acostumbrado a estas lides.

Por eso, reafirmo públicamente mi gratitud a Francisco Marín, editor, por su apuesta por la cultura en tantos campos, especialmente en el de la edición, apostando, desde “Gollarín”, por la promoción y difusión de la cultura comarcal, esperando, algún día, ser objeto de su interés. En idéntica medida, al autor de la presente obra, con el que uno comparte tantas cosas, desde tantos años, tanto profesionales como ideológicas y existenciales. Gracias.

Pero, voy a dejarme de retórica versallesca y a entrar en la materia que aquí nos trae.

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Un alumbramiento -y éste lo es- siempre se vive con alegría y expectación. Un libro es un hijo querido que se trae al mundo con la esperanza de que su mensaje llegue al mayor número de lectores y que sea entendido en un porcentaje razonable. En el caso que nos ocupa, Jesús persigue eso y mucho más, porque su obra es un ejercicio de catarsis, un acto de justicia retroactiva y un desahogo existencial.

Me explicaré.

La Hélade eterna, además de desbravar nuestro innato cerrilismo, nos enseñó a amar la sabiduría. Eso es la FILOSOFÍA. En ella se intenta dar explicación razonable a nuestros miedos, angustias o deseos de saber. Por ella se marca el camino por el que gastar con dignidad los días que nos conceden los dioses inmortales. Con ella aprenden a caminar los hombres honestos.

También la sagrada Hélade, enseñó que, a veces, nada mejor para ahuyentar nuestros demonios personales, nada mejor que representar situaciones de la tragedia humana, para, por ella, limpiar nuestra conciencia de los malos asomos. Eso es la catarsis. Y Jesús la realiza aquí.

Justicia retroactiva, porque se pretende dar a cada uno lo que en su tiempo se les negó. Y esta obra es un ejercicio constante de memoria reivindicativa para toda esa gente que arañó la tierra para sobrevivir, que aguantó inclemencias climáticas, injusticias sociales y humillaciones de los poderosos y sus lacayos y que resistió la tormenta con la boca cerrada, aunque, a veces, se oyera el bíblico rechinar de dientes, más por las injusticias recibidas que por las justas iras contenidas.

Y Jesús, desde el alto tribunal de su verbo, proclama sentencia inapelable.

Y desahogo. Mucho desahogo. Porque el contemplar un panorama tan especial, al sentir en carne propia los afanes, escarnios y sudores, se necesita un desahogo, un alto en el camino y dar rienda suelta a todos esos gritos abortados… y airearlos como tamo de parva en tarde ventosa de trilla, para que llegue a los altos estrados y remueva conciencias inconmovibles.

Y la voz de Jesús, aunque no se abrogue papel vindicante, es la voz de los que por siglos no la tuvieron. Que esta vieja tierra de frontera, y, por ello libertaria, tiene muchas deudas que cobrar.

Por éstas y muchas más razones, que me callo por economía temporal, “Y TAMBIÉN SE VIVÍA” merece ser leído. Leído y saboreado, aunque su sabor sea amargo, como el del libro que Juan (Apoc., X, 10) recibe de manos del ángel.

El lector avisado encontrará una obra de difícil clasificación. Mestiza, como nuestra historia. A medio camino entre la memoria, la historia y el soliloquio. Un viaje a los orígenes. Una geografía conocida o intuida, pero siempre elocuente y próxima. Un lenguaje claro, como nuestros cielos de acero, pero salpicado de nuestra expresiva habla, de esos vocablos olvidados por esta aculturada manada en que nos estamos convirtiendo, que le da chispa.

Merece una lectura pausada. Una mirada sin melancolía a esas maravillosas ilustraciones (Felicitaciones, Pascual Adolfo), a medio camino entre el onirismo y la nostalgia. Nostalgia de la auténtica, la que proclama a los cuatro vientos el regreso a esos años, a esos lugares, a esas duras jornadas y a la agonía diaria. Y, como el rumiar de nuestros ganados, una o varias relecturas. Ese masticar parsimonioso que exige el texto, para aprovechar al máximo cada uno de sus nutrientes, encriptados en la dura cáscara de sus recuerdos.

Gracias, Jesús, por hacerme vivir tanta vivencia. Gracias por evocarme mis propias experiencias campesinas, que sigo aferrado a ellas, ahora que los días de ivbilatio lo permiten, manteniendo espacio y habitación. Yo he conocido esas situaciones, que muchos encasillarán como anecdóticas, pero que eran el pan nuestro de cada día. Ése que, como decía Benedetti, era de miga y cáscara. Ese pan nuestro que tantas veces fue hurtado por los que tienen “garras para el arpa”…

Gracias a todos los que te han ayudado en el parto. ¡Ha merecido la pena!

Y gracias a ustedes, pacientes escuchantes, por aguantar estas palabras torpes, pero cargadas de ilusión, con las que apelo e invito a que compren y lean esta pequeña gran joya.

Gracias y ¡buenas noches!

Moratalla, 2-feb-2018

Fdo.-Marcial García García