Teresa Guirao Pujante
Pedagoga – Logopeda
CDIAT AVANZA – ASOCIACIÓN APCOM

Hay veces que por mucho que nos empeñemos no podemos controlar un grito, una pataleta o incluso un golpe mal dado… siempre hay algún aciago día en el que por mucha paciencia que le pongamos no damos con la tecla correcta para evitar tan desafortunado final: La rabieta.
Tal vez pueda ser por un consentimiento excesivo como dicen unos, o porque el niño o niña no sabe expresarse todavía emocionalmente como explican otros, lo cierto es, que en el peor de nuestros momentos (como adultos) aparece ese sonido chirriante para los oídos, acompañado por el llanto y el rebozado por el suelo pertinente, en cualquier lugar donde nos encontremos. Y que precisamente ocurrirá cuando vamos justos de tiempo, o cuando más gente haya, o en algún lugar de recatados comportamientos, con el fin de superar toda ignominia.
Con un niño que no puede controlar ese ataque frustrante de ira, cualquier cosa que hagamos en la línea de conectar emocionalmente e intentar tranquilizarle siempre será lo mejor. Alcanzar la conexión con nuestros hijos es un trabajo arduo, no se aprende de hoy para mañana. Pero debéis saber que hay que intentar lo que sea, con tal de lograr la calma, porque es lo que les hará estar más receptivos y es entonces, cuando quizás sea el momento de enseñarles algo al razonar con ellos, ya que lo realmente importante aquí es tanto, el qué hacemos como el cómo lo hacemos.
Primero, debemos comunicar consuelo con palabras suaves y calmantes (lo que les hará ver que les queremos, que los vemos, que estamos a su lado con independencia de su conducta); Segundo, validar sus sentimientos (pensar en el porqué ha ocurrido eso y pensar en el cómo, así reconocemos e identificamos lo que están sintiendo y, de este modo, validamos su experiencia); Tercero, escucharles (evitemos la tentación de discutir y hablar demasiado, así que sentémonos por debajo de la altura de sus ojos y escuchémosles); Cuarto, reflejemos sus sentimientos (procuraremos darles atención y nos centraremos en lo que están haciendo y sintiendo), así es como les apoyaremos de manera que se genere la clase de conexión necesaria que transmita con claridad nuestro amor y los prepare para la redirección de sus comportamientos.
Al final, cuando hayamos logrado esta conexión de la que os hablo, llega el momento de charlar. Y para que esa charla sea fructífera es justo que sepáis que ante cualquier circunstancia que les ocurre los niños tienen la respuesta inocente más acertada. El problema que tenemos como adultos es que hemos olvidado hacerles las preguntas adecuadas. Como en alguna ocasión ha explicado Elsa Punset «depende de la pregunta que hagamos se puede hacer más fructífera la comunicación con los hijos, las preguntas abiertas son la clave».
Hay veces que si a nuestros hijos, antes de tomar una decisión sobre su vida, les planteamos la pregunta adecuada, pueden ser ellos mismos los que busquen la respuesta que a lo mejor tampoco hubieran buscado jamás sin nuestra pregunta, por lo que ambos podemos salir enriquecidos y beneficiados.
Tampoco quiero deciros con esto que no haya ciertos límites dentro de la familia, que no hay que negociar y ni siquiera pensar en una respuesta conjunta, ya que como su propio nombre indica son: «LIMITES» o «NORMAS» familiares que establecen y consensuan por los miembros tutores, o ya cuando los hijos son mayores con una negociación positiva. Pero no se traspasan.
A veces también optamos por una solución rápida que nos haga salir del paso, y esto es muy legítimo. Pero aquí os quiero mostrar otras alternativas que yo he aprendido y que quizás den un resultado más valioso a más largo tiempo, algo que realmente haga que estas circunstancias se vayan difuminando en el tiempo y vayan dejando de aparecer conforme el desarrollo cerebral va madurando.
Posiblemente transmitirles que lo que más nos importa es salvaguardar nuestra relación por encima de todo, pueda ser una buena opción. Así podemos enseñarles lo que esperamos de ellos y cuidamos la relación al mismo tiempo.
A decir verdad, muchísimas veces he llegado a plantearme qué puede reconfortar a un niño, pues creo fielmente que la huella que dejan nuestros padres en nuestra personalidad, así como los patrones de comportamiento que nos fijan sin darnos cuenta desde pequeños es trascendente para nuestras vidas adultas, y es que cualquier padre hace todo lo que puede y sabe (con las herramientas que han podido emplear en cada momento), por lo tanto no juzgo aquí y sí honro la figura de los progenitores. A partir de este planteamiento fue, que un día por casualidad, obtuve entre mis manos el Best Seller «El cerebro del niño» de Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson, a partir de ahí comencé a seguir a este autor y hace poco absorbí «Disciplina sin lágrimas», otro gran trabajo que me hizo replantearme ¿Qué es la disciplina en sí misma? ¿Tenemos claro el concepto, para así resolver estos momentos conflictivos con nuestros hijos?
Así me he dado cuenta de que la disciplina no tiene que ver con el castigo o el control, sino con la enseñanza y la adquisición de destrezas, y siempre haciéndolo desde una postura de amor, respeto y conexión emocional. También tengo claro que cada uno es diferente, y ningún enfoque o estrategia parental es indefectible, por lo que obtendrá mejores resultados en el comportamiento suscitar la cooperación del pequeño y aprender a evitar las conductas que no sean deseables. Es por esto que debemos ayudarles a desarrollar el autocontrol, para que sean cuidadosos y responsables, para ello debemos enseñarles destrezas y la capacidad para manejar con flexibilidad situaciones de frustración y dejar de fomentar emociones que les pueden hacer perder el control. Crear habilidades internas que se puedan generalizar más allá de la conducta inmediata para usarlas no solo en el presente, sino también después, en muchas situaciones a las que se enfrenten.
Debemos conectar con nuestros hijos desde el punto de vista emocional, es decir darles la atención necesaria, hacerles ver que los respetamos lo suficiente para escucharles y que les transmitimos apoyo, nos guste o no su manera de comportarse. No es lo mismo que dejarles hacer lo que quieran. Querer a nuestros hijos es proponerles límites claros y coherentes (decirles «NO»), que establezcan estructuras previsibles en su vida. Esto les ayudará a tener seguridad en un mundo que, de lo contrario, para ellos sería caótico. Llegarán a ser mejores personas, tanto durante la infancia como cuando se acerquen a la edad adulta. Desarrollarán las destrezas internas que necesitan durante toda su vida. Establecerán conexiones cerebrales que les permitirán convertirse progresivamente en personas capaces de controlarse, pensar en los otros, regular sus emociones y tomas decisiones acertadas.

Así que os planteo, ¿Es realmente importante una simple pregunta? Claro que sí. Podemos mostrarnos agradecidos por las respuestas de nuestros hijos (dándonos cuenta y apreciando las cosas buenas que tenemos en la vida), esto mejora el bienestar, la satisfacción personal y la felicidad, aumenta la autoestima, incrementa la conducta ética y ayuda a afrontar el estrés, los traumas y la adversidad. La felicidad trae más felicidad.