GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Un año ha pasado ya, casi sin notarlo, pero padeciéndolo.
Pensábamos que no podía ser peor que el 2015, un año acabado en cinco y tan mala rima nunca podría ser superado. Bueno, pues no sé cómo se las ha maravillado que lo ha sido.


365 días que han supuesto, en palabras de una amiga mía, una tortura china. Un no parar, un gota a gota, un día a día que se ha ido llevando vidas.
Sin entender de ideologías, se ha llevado a Doris Benegas, histórica del PSOE que murió tan silenciosamente como había vivido y a Rita BarberÁ, que murió como había vivido, sola en un hotel de 5 estrellas.
Sin entender tampoco de talento, se ha llevado a las buenas como Emma Cohen o Chus lampreave, que se comían la fama y a las que no tenían ninguno, como la Veneno, a quien la misma fama que tanto buscó la ahogó en la bañera, como a la Wini.
Por llevarse y por acabar de joderme el año, se ha llevado hasta a mi compañero de ascensor. Ahora bajo sola por las escaleras.

Con este panorama, a ver dónde busco yo la mujer del año. Puedo repasar la prensa y encontrarla quizá en las 48 asesinadas (de momento) por sus parejas a lo largo de esos 365 días. Puedo, que para eso me acusan de ser de podemos, buscarla en todas esas modernas que confunden ideologías con flequillos cortados a lo cazo y que luego me critican a mi (feminista fuera de las feministas) por llevarlo en su sitio. Puedo no ser menos que Billboard y nombrar a Madonna mi mujer del año.
O puedo buscarlas en el fondo del mediterráneo, que entre los 3200 ahogados seguro alguna merecería estas 614 palabras.

Y allí la he encontrado. Allí llevaba desde el 2012, cuando la patera que portaba sus sueños se hundió y ella, que había nacido en un país donde los mares eran de arena, se le olvidó que no sabía nadar. Y es que ella había nacido para correr.
Samia Yusuf Omar vino al mundo un 25 de marzo de 1991 en Mogadiscio, en el centro del infierno que es Somalia.
Junto con sus seis hermanos compartía una cabaña sin agua ni luz. Ni campo de entrenamiento ni sportivas. Calles de polvo y barro por donde corría sorteando los agujeros de las bombas. Si malo era correr para una mujer, que debía arrastrarse por la cocina, peor era hacerlo sin velo. No solo tuvo que luchar contra el calor del desierto, sino también contra el frío de los corazones, que la acusaban de todo lo malo que puede ser una mujer. Pero ella corría mucho más rápida que las piedras que le lanzaban al pasar. Corrío hasta Hargeysa, donde ganaba carreras que le llevaron a hacer las pruebas para entrar en el equipo olímpico de su país, y de allí hasta Yibuti, donde la seleccionaron para Pekín.

Fue allí, un 19 de agosto de 2008, a las diez y 28 minutos, cuando Samia Yusuf Omar, con 17 años corrió en la quinta serie de 200 metros de los Juegos Olímpicos de Pekín. Acabar, acabó la última, pero el público, que vió en ella la carrera de la humanidad ante la adversidad y las penurias de la vida, la aplaudió más que a la primera.
Pero tiene que regresar a Somalia, donde las cosas, como nuestro año, nunca van a mejor. La Ley islámica, más extremista que nunca, el hambre, la guerra, son obstáculos que por mucho que corra la alcanzan una y otra vez y que la alejan de su meta: los juegos olímpicos de Londres del 2012.
Una mañana, cuando reúne el dinero, echa a correr como Forrest gump, pero con causa definida, y no para hasta llegar a Libia, atravesando África de sur a norte durante un año, día tras día, noche tras noche… Y por fin, entra ella y sus sueños, unos kilómetros de agua. Y visualiza la meta, como aquella mañana en Pekín… pero ni los sueños, ni la playa estaban tan cerca. Era abril de 2012 y tenía sólo 21 años. Así es la vida. Tan corta cuando se vive, tan larga cuando se padece.
Samia representa el año que está por acabar, un sueño ahogado en un mar de muertos, una vida enterrada bajo el agua, un mundo que no alcanza para el otro medio, una Europa que ni está ni se le espera y unos corazones cerrados al sufrimiento de los demás, tan lejanos, pero tan iguales a nosotros.

Y allí sigue Samia, como tantos otros que llenan el fondo del mar, y que jamás encuentran la orilla.
Y aquí acaba el año en el que aprendí que es mejor ser la última que no llegar.