Ya en la calle el nº 1052

Y a ti, ¿qué te queda para el verano?

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Antes de que te hayas dado cuenta has vuelto al punto final, el que cierra el curso y da entrada a los meses de verano. En otro tiempo que casi siento la prehistoria de mi vida esta nueva época era anunciada por las cajas de albaricoques en los remolques de los tractores que deambulaban por el pueblo en dirección a la cooperativa agrícola para dejar allí el fruto y volver de nuevo al tajo con la prisa y las cajas vacías.

Unos días más tarde llegaban las notas, que siempre premiaban el esfuerzo, y te ibas a casa a ver venir el tiempo indescifrable y lento de los veranos calurosos. Años más tarde tus padres se harían con una casa en la huerta, con piscina, y entonces se convertiría en el lugar de reunión de amigos, en esa especie de burbuja en el espacio y en el tiempo. Los veranos olían a baños, a parque, a guitarras y canciones, a muchos libros por placer, a tardes enteras compartidas en conversaciones ininterrumpidas con las amigas que aún lo siguen siendo hoy.

Ahora soy yo quien da las notas (o no, porque ya se pueden ver a través de una fría pantalla), y me invade la incertidumbre: ¿cómo se pondera al chaval que ha sufrido una pérdida irremediable en su vida y ese otro que ha tenido un ambiente favorable? A menudo intentamos encajar todo en patrones fijos, pero lo cierto es que lo más inquietante de las notas es, precisamente, eso: las notas. Por lo que a mí respecta, me interesa que un alumno aprenda (no siempre ha de ser a analizar una oración o los procedimientos de coherencia de un texto); a veces, en las aulas, también propiciamos aprendizajes hermosos y necesarios para la vida: el día que una alumna cuidó de otra y la tutorizó en ese trabajo; aquel momento en que los nervios lo traicionaron y no fue capaz de seguir adelante, pero entre todos lo animamos, remontó y consiguió terminar la exposición; esa otra vez en que ese muchacho descubrió que un libro podría ser una buena opción para poner nombre a todo lo que no supo nombrar de aquel acontecimiento de su vida; la clase en la otra obtuvo un diez tras mucho esfuerzo y aprendió no solo los contenidos, sino que el trabajo constante tiene recompensas… Un aula es un espacio vivo donde se aúnan almas con realidades muy diferentes, a veces incluso con idiomas distintos, de culturas muy distantes entre sí. Y los profesores intentamos llegar a todos; sin embargo, ¿cuántos destellos inasibles se nos escapan? Es inabarcable: lo cierto es que la calidad en la educación se traduce en bajada de ratio, no hay más milagros.

Los miro irse hoy desde este lado y me pregunto qué será de su tiempo indescifrable. Algunos se conectarán más horas -aún- a las redes sociales; otros, ¿qué harán otros? ¿Qué ofrece nuestra sociedad a jóvenes de doce, trece, catorce, quince años? Si bien antes no teníamos muchas opciones, tampoco había tantas y tan nefastas distracciones. El caso es que pasábamos el tiempo en casa con el único artificio de la televisión (si la había) y la radio. Después, las tardes, eran sinónimo de comunidad, de reencuentros: en torno al círculo sobre el césped del parque Juan Carlos I, nos reuníamos para hablar de lo divino y lo humano. De cuando en cuando cambiabas de círculo y hablabas más y más. Ese constante fluir de palabras y miradas nos hacía comprendernos, porque nos escuchábamos. Hoy los mensajes son breves, los tiempos de escucha nunca son plenos (a menudo se interrumpen con el aviso de una nueva notificación, con una llamada, con el tono del whatsapp o el megusta de Instagram, con la mirada ausente de quien estando con el resto se pierde entre el scroll infinito de TikTok).

Hemos olvidado la importancia del paisaje de la mirada: en ella el ser humano descifra sentidos no dichos para dar forma al mundo. Ahora miramos sin ver, porque impera la velocidad. Corremos el riesgo de que nuestros jóvenes sean menos empáticos, menos democráticos, menos compasivos. ¿Quiénes son sus ídolos?, ¿practican la mediación para llegar a acuerdos?, ¿cuáles son sus ejemplos de conducta?, ¿qué espejo en el que reflejarse les ofrecemos los adultos? No hay discurso que sea más eficiente que el que ven cada día en las personas que los rodean. ¿Acaso no deberíamos nosotros empezar a sentarnos, como los primitivos lo hicieron alrededor de la hoguera, para contarnos historias, para hilar la forma de reencontrarnos con nosotros mismos y con los que tenemos al lado?

Los miro y los veo y me veo. Y sé que han de cambiar muchos hábitos en todos nosotros para alcanzar el paraíso perdido, para reinventarnos: si queremos obtener buena nota en el futuro incierto que nos acecha, mirémonos a los ojos. Es mi propuesta de tareas de repaso (o de recuperación) para el verano que comienza. 

Y a ti, ¿qué te queda para el verano?
Y a ti, ¿qué te queda para el verano?

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