Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Hace meses que mi hermana y yo proyectamos pasar la Nochebuena en Moratalla, en la casa donde ambos nacimos y donde se guardan todos nuestros recuerdos. Sería la primera Nochebuena sin nuestros progenitores, pues mi padre fue el último en irse y falleció en junio, pero encenderíamos la estufa de leña, prepararíamos la cena, pondríamos la televisión y nos dispondríamos a volver al pasado, con una copa de cava en la sobremesa y la conversación que entre nosotros ha sido siempre muy fluida y amena, aunque el destino y la inoperancia de algunos han hecho imposible este deseo. Cenar en la casa de siempre y acabar en el Paype tomándonos alguna copa y bailando como habíamos hecho tantas veces de adolescentes y quedarnos a dormir en nuestra casa para evitar los peligros de la carretera era prácticamente una quimera. Al cabo de los años estábamos libres los dos y podíamos regresar a la juventud en una noche tan emblemática como la de Nochebuena, pero los hados estaban en nuestra contra.

Estoy seguro de que todo esto habría sido fácil y posible en cualquier otro pueblo. La casa de enfrente se había derrumbado por la desidia de sus propietarios, mientras que la nuestra seguía apuntalada y firme porque mi padre la había estado vigilando toda su vida y no hubiese permitido que se deteriorara. Pensé entonces que sería tan sencillo como hacer una llamada y pedirle a un viejo amigo con cierto poder que se echara un ojo en los desperfectos, el cristal biselado de la puerta de la calle y un cristal sencillo en la ventana de la cocina, lo justo para pasar la noche guarecidos del frío y de paso adecentarle la casa a Fátima, que aún sigue en ella, pero no ha sido posible. Ni las constantes llamadas ni las promesas de que se ocuparían de todo esto han tenido el efecto deseado. Llegó la víspera de la Navidad y los cristales no estaban puestos y mi hermana y yo no pudimos pasar la velada en nuestra casa como, por otra parte, yo me venía maliciando desde el principio, porque me parecía extraño y excepcional que por una vez algo funcionara bien en Moratalla y que, aunque solo fuera por una cuestión de amistad, tuviese yo alguna clase de justicia o reparación de un daño ajeno a mi voluntad.

Es muy doloroso constatar que todo sigue igual en el pueblo del que tuve que irme hace más de treinta años como tantos otros para  buscarme la vida y ser alguien, es doloroso comprobar que no ha cambiado nada o muy poco y que el río de la existencia fluye en Moratalla a un ritmo lentísimo y repleto de incidentes, que cuando te dicen que te pondrán un cristal la semana que viene, tú sabes con una seguridad aplastante que el cristal no estará para ese día.

Tenemos un tesoro de historia y paisaje, porque este pueblo es hermoso aunque sea muy duro, pero no saldremos de pobres nunca, porque nos mina la indolencia, el clientelismo, la ineptitud y la desidia. Nos hemos matado como jabatos trabajando fuera y para otros pero en nuestro pueblo algo extraño nos impide actuar de una forma efectiva.

A pesar de todo, los cristales han sido colocados al fin y me digo que nunca es tarde si la dicha es buena. Mi hermana y yo tendremos que  volver para Reyes. Moratalla y el pueblo seguirán en su sitio.