MARÍA GARCÍA MARÍN

Hace unos años que la Navidad dejó de provocarme ilusión. Consideraba estas fechas una época de falsas apariencias, consumismo y felicidad enlatada. No entendía por qué había familias que tan solo se veían en Navidad, gente que durante todo el año llevaba cara de pocos amigos y de repente sonreían, y amigos que solo se hablaban para felicitar el año. Esto sigo sin entenderlo, todo el año es buen momento para acordarnos de los que nos quieren y para ser amables con los que nos rodean. Pero este año, aunque me siguen poniendo nerviosa los vídeos ñoños de WhatsApp que hablan de la “magia navideña” y que llenan la memoria de mi móvil, me hace especial ilusión que por fin sea Navidad. Y es que el significado de esta fecha ha cambiado desde que estoy lejos de casa.

Vivo en Madrid desde septiembre y si por algo es famosa la ciudad es por sus luces navideñas, sus aglomeraciones en Gran Vía para conseguir el mejor regalo y la enorme cola en “Doña Manolita” para comprar un décimo de lotería. Aquí la Navidad se vive diferente, aunque no necesariamente mejor.

El otro día pensando sobre el tema me acordé de mi infancia. La ilusión con la que vivía esta época del año. Mi padre tiene una pastelería así que los días previos a nochebuena o a la noche de reyes son sinónimo de trabajo, agobio, encargos de última hora y prisas.

Recuerdo a mi padre correr con una pila de cajas calientes en el brazo llenas de dulces recién hechos y a pesar de la celeridad, tener tiempo para ponernos un delantal a mi hermano y a mí. Así que si pienso en mi infancia y pienso en la Navidad, se me viene a la cabeza el olor de la miel y el anís del alfajor, el olor de la masa madre de los roscones y el blanco del azúcar glass en las pestañas. También tengo un recuerdo muy nítido de mis primeras partidas de cartas al lado de la estufa de casa de mi abuela. En lugar de villancicos cantábamos la música que nos ponía mi madre en el coche, a mi hermano y a mí camino de la pastelería de mi padre. Eran unas cintas viejas, no del todo representativas del gusto musical de mi madre, pero que de pequeños nos encantaban. Podía sonar José Luis Perales, Laura Pausini y nos sabíamos todas las de “Los Chichos” o “Bordón 4”. Para mí la Navidad era sinónimo de reunión, de celebración, de charlas a la mesa y profundo agradecimiento por estar año tras año todos juntos.

Este año, la Navidad ha vuelto a tener sentido. Ahora significa volver. Volver a casa, a la familia, a los amigos, a mi infancia, a la raíz. Volver para seguir celebrando que a pesar del irrefrenable paso del tiempo seguimos estando, aunque seamos unos pocos menos porque algunos nos dejaron hace tiempo. Este año significa apreciar todo eso que te falta cuando estás lejos de casa, cargarte de ese calor que solo te dan los que te quieren.

Porque Madrid en Navidad está preciosa, pero la Navidad está donde están los tuyos.