PASCUAL GARCÍA

A ella

Casi medio siglo después encontró aquel muchacho, que ya era un hombre de cierta edad, a la muchacha que lo había estado esperando toda una noche en La Glorieta mientras él andaba enredado con su padre en las labores de la huerta a principios de septiembre, pesaroso porque no llegaría a la hora a su cita con aquella primera novia adolescente. La vida entera había pasado con aquel recuerdo agridulce en la mente, con aquel deseo imposible que no pudo llevar a cabo. Y cuando volvió de la vendimia en Francia, ella ya estaba saliendo con otro.

Conoció el mundo, bregó y luchó largos años, tuvo familia e hijos, amó  a otras mujeres y supo en varias ocasiones de las mieles y de las hieles de este sentimiento, del fuego, del elixir, de la niebla, del mareo y del éxtasis de otros labios y de otros brazos, pero siempre estuvo ella detrás de todo, siempre pensó en la muchacha que lo había estado esperando durante aquel atardecer de finales de verano, quizás porque el único amor verdadero, el único que de verdad nos deja huella es aquel primero de nuestros doce años, el más puro, el más sincero, el más generoso.  Creemos que nunca sucederá de nuevo algo semejante, que no volverán a temblarnos las piernas delante de una mujer, que no arderemos de fiebre durante noches enteras mientras repetimos su nombre y nos deshacemos de amor.

Tuvo durante esa larga vida varias predilecciones femeninas y sentimentales; amó la sensibilidad extrema de las artistas, la cultura exacerbada de las eruditas, la extraordinaria ciencia erótica de las iniciadas en los misterios de la pasión. Y cada una constituyó un universo diferente, una ilusión distinta, aunque ninguna de ellas le ofreció aquel primer misterio de la adolescencia, aquella pureza única que había extraviado sin querer una tarde de septiembre y que había echado de menos con toda su alma desde aquel preciso día.

La vio alguna vez, como de refilón, y le vino el disgusto de la pérdida como nos viene el rumor sordo de un dolor crónico, pero en cada momento, desvió los ojos, miró para otro lado e hizo como si no la hubiese visto, aunque en todo aquel largo periodo de casi medio siglo ni un solo día dejó de tenerla presente en su cabeza y en su corazón malherido.

Soñaba con que algún día estaría junto a ella, como lo ha estado este último sábado, comiendo en un conocido y estupendo restaurante de Moratalla y bebiendo unas copas en el epicentro social del pueblo, en la emblemática terraza del Paype. Todo ha salido según le dictaban los sueños y aún no sabe cómo digerir este milagro, qué puede hacer con esta inmensa felicidad del hombre que ha regresado a la infancia para llevar a cabo los sueños de aquel muchacho y se los ha encontrado intactos.

No tiene prisa, no quiere nada concreto, no se ha propuesto metas ni nada le acucia, porque podría quedarse para siempre en este sábado eterno de la comida compartida, del cava helado, de las copas estimulantes y de la más sugerente conversación de toda su existencia. Incluso ha repasado toda la jornada y no recuerda haber cometido error alguno. Los dioses tutelares le fueron propicios y le salvaron de sus frecuentes torpezas; habló con chispa, comedimiento y templanza, piropeó a la muchacha sin agobios y sin exigencia alguna y, al final de la noche la acompañó hasta el mismo lugar donde la había recogido aquella mañana.

No pudo dormir por la noche, pero a cambio no recuerda una noche tan feliz, un día tan pleno, unos sueños tan dulces. Se dio cuenta de que había regresado a las esencias, de que esto era lo que había estado buscando toda su vida, un amor en su pueblo, una mujer única de su tierra y que al fin había cerrado el círculo.

Y en ello está por el momento.