Pedro Antonio Martínez Robles

Hace algo más de una década que mi mujer y yo decidimos venir a vivir al campo con nuestros hijos. Me acuerdo que cuando desperté aquella mañana del 2 de agosto de 1997, después de pasar la primera noche en el campo, se me llenaron los ojos de la luz del sol, y entre el piar de los pájaros llegó a mis oídos el ruido acompasado del azadón de mi vecino Virorqui, que trabajaba la tierra al otro lado del camino.

Era entonces el paraje de La Calzadica un lugar apacible, en el que los ruidos más comunes eran los que llegaban hasta nosotros en las noches de riego, producidos por el rebrinco del agua en las brencas del brazal, y el vocerío remoto y aislado de los regantes, que por encima de las eras de hortaliza o el ramaje de los albaricoqueros se enviaban esporádicos y breves mensajes de cortesía. Las mañanas eran igualmente silenciosas, tan silenciosas que, acodados en la terraza de poniente, casi podíamos escuchar el batir de las alas de las garcetas que lucían su plumaje blanco en cortos vuelos sobre los cañares del río Argos. Llevaba más de 20 años sin oír el canto del ruiseñor, desde que destrozaron la huerta aledaña a mi casa materna, en el pueblo, para abrir una calle, y barrieron de su faz los zarzales donde el pájaro se emboscaba todas las primaveras para llenar con sus trinos las noches y los días de abril y de mayo. Yo entonces lo oía, entonces descubrí su magia en aquellas madrugadas insomnes de la juventud, con la frente pegada a la reja de la habitación número 17 en la que dormíamos mi hermano Juan Carlos y yo. Y 20 años más tarde, en mi primera primavera en el campo, como el hallazgo súbito de un don perdido en un pliegue del tiempo, volví a oír su canto subir hasta mi nueva casa desde los sotos de Los Terreros, en cuyas remansadas aguas alguna vez me bañé. Cuando vinimos a vivir aquí, eran estos los ruidos más comunes, cruzados de vez en cuando y como mucho, por la chicharra lenta y lejana del ciclomotor de algún hortelano que iba o venía de su faena. Pero los campos, que se fueron quedando vacíos hacia la mitad del siglo pasado porque empezaron a ser, entonces, lugares demasiado inhóspitos, han empezado a acoger de nuevo nuestra apetencia de vivir en ellos y se van llenando poco a poco de antenas, cables, postes, alambradas, coches, humo, rugido de motores, altavoces, veneros artificiales por donde fluye la necesidad del agua… Y cada vez el campo se parece menos al campo y más a la ciudad, porque, adonde quiera que vayamos, metemos en las maletas de la mudanza todo el escombro que nos molesta en el vecino, pero que justificamos sin embargo en nosotros mismos. No sé si pasados algunos años más, quedará en estos campos nuestros y del aire espacio alguno para que el ruiseñor se siga emboscando en los sotos de Los Terreros o tendrá que buscarse otro lugar más apacible.

21 de mayo de 2008