GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Esta llena la Historia de amores y vidas, pero cuando ese amor y esas vidas son prohibidas o irregulares suelen perderse entre las líneas de la historia. Amores libres, sin imposiciones o reglas que hacen las vidas brillantes, interesantes y, cuanto menos, divertidas.

Es el caso de Lady Victoria Sackville-West (1892), Vita para las amigas. Hija única de Lord Sackville, heredera de una prestigiosa dinastía familiar, se crió en Knole, una mansión con 500 habitaciones y 50 criados. Su madre invitaba a los herederos de las dinastías vecinas a tomar el té, pero esta gustaba más de desvestir sus muñecas que de andar con chicos. La madre, años después, entendería el porqué. Y, como cuando eres rica y tienes 500 habitaciones puedes elegir el marido que más te convenga, eso hizo: eligir el que más le convenía para ser feliz: un funcionario homosexual y divertido, sin título ni dinero, que le dio la libertad. El matrimonio vino a hacer de su forma de vida un escándalo, esto es, fueron felices, se divertían (por separado) y se querían como se quieren dos amigas que comparten confidencias y amantes. Ella, como rica y excéntrica, hacia lo que le daba la gana, incluido vestirse de hombre y pasear sus amantes, él, como pobre y sin titulo, hacia lo propio. Tan bien se llevaban que tuvieron dos hijos. Modernuras, que diría mi madre.

Vestida de hombre y del brazo de su amante Violet (amiga de la infancia) en el círculo de Bloomsbury vino a conocer a Virginia Wolf, entonces una escritora reconocida, diez años mayor. El primer encuentro fue un desastre. Wolf, demasiado sosa para entender el temperamento de Vita, que le pareció una aristócrata alocada y con demasiadas ganas de llamar la atención. Quién sabe qué acabó atrayendo a Wolf hacia ella, igual fue ese carácter rebelde (siguió utilizando su apellido de soltera) y esa aceptación sin tapujos de su sexualidad. Quizás la admiraba, porque era lo que Virginia deseaba ocasionalmente ser y lo que Vita abiertamente era: mientras una hacia lo que le daba la real gana, tuvo hijos, se aceptó y se mostró tal como era, le gustaba vivir, amar y ser amada, era refinada y sexual, la otra era pasiva, triste, infeliz, fea y asexual (nunca llegó a acostarse con su marido).

El caso es que se hicieron amigas y después amantes. De las correrías por sus 500 habitaciones y sus paseos vestidos de hombre sacaría Wolf el protagonista de su novela más famosa Orlando. El amor les duró tres años, mucho, para la trayectoria de Vita, que aun queriéndola la fue alternando con otras amantes, ya se sabe, la vida es corta…y Wolf no puedo evitar reproches ni celos, lo que las alejó. Ya no eran amantes cuando la escritora se llenó los bolsillos de piedras y se tiró al río en 1941.

Para entonces Vita, que había comprado una mansión de sus antepasados, Sissinghurst, en Kent, vivía feliz junto a su marido y sus dos hijos, plenamente dedicados a sus hobbies: él restaurar el palacio y la jardinería; ella, a sus amantes y sus libros (para que luego digan que la vida en la campiña inglesa es aburrida…). Esos últimos años los retrata su hijo menor en un libro admirable, Retrato de un matrimonio, entendiendo los enfados de sus padres, las amigas de su madre, las plumas de su padre, y todo lo explica y lo entiende en el marco de la complejidad de la vida de cada uno. Porque al final es eso: la vida de cada uno.

Vita murió en 1962 victima de un cáncer de estomago. No sabría deciros si la enterraron de hombre o de mujer.