Ya en la calle el nº 1047

Violencia de género simbólica, por Isabel Fernández Pérez

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

ISABEL FERNÁNDEZ PÉREZ
PSICÓLOGA SANITARIA EN CONSULTA PRIVADA EN CEHEGÍN Y EN RECURSO DE VIOLENCIA DE GÉNERO BULLAS Y CALASPARRA

Si salimos a la calle y preguntamos a cualquier transeúnte al azar por “el caso Rubiales”, seguro que todo el mundo vio el vídeo viral por redes sociales en el que el ex presidente de la RFEF, repetía muy seguro de sí aquello de “no voy a dimitir”. Sin embargo, aún buena parte de nuestra sociedad pasa por alto el horror que supone tanto para una de las ganadoras del mundial de fútbol, Jennifer Hermoso, como para todas las mujeres, que mientras el señor Rubiales hablaba, parte de los y las presentes le aplaudían hasta con emoción. ¿El mensaje implícito? El siguiente: “Si se hace público que sufres acoso sexual laboral, puede que los y las testigos apoyen y aplaudan a tu perpetrador”.

Así que, tú verás.

Cuando el juez del caso de “La Manada” en San Fermín del año 2016, dictaminó que se había producido un abuso, y no una violación, todas las mujeres, -de manera más o menos consciente-, experimentamos miedo ante la posibilidad de sufrir una agresión machista de este calibre y que, no solo no sea reconocida ni reparada por la justicia, sino que además se cuestione el no consentimiento de la víctima en medios de comunicación: “Porque si a mí me pasa una cosa así, se me va a juzgar, a cuestionar, a culpar, y no voy a obtener justicia”.

Así que, tú verás.

Y luego, también se nos juzga hasta por no denunciar.

Pero no hace falta que nos vayamos a casos tan mediáticos como éstos.

Seguro que alguna vez has sido testigo de la situación en la que, alguna mujer u hombre de tu entorno, se compadecía entre chascarrillos de ese chico que ha crecido rodeado de familiares mujeres, de ese compañero de trabajo que trabaja entre ellas, o del colega del grupo que sale solo con amigas: “Pobre chico, rodeado de tanta mujer”.

Porque las mujeres, ante la sociedad continuamos siendo “más malas, las manipuladoras, con más idea”. Y eso ya nos hace enfrentarnos al mundo desde bien niñas con una connotación negativa asociada a nuestro ser solo por el hecho de ser mujeres.  

Eso, -recogido en la década de 1970 por el sociólogo Pierre Bourdieu con la denominación de violencia simbólica-, lanza un mensaje a las mujeres, que en sí mismo, ya es violencia. Hablamos de todos aquellos valores, significados y representaciones culturales que en nuestra sociedad -aún machista-, hemos aceptado como naturales, pero que normalizan y legitiman el hecho de que la mayor parte de la violencia sutil o manifiesta, la están ejerciendo ellos.

El 25 de noviembre, es el día asignado para visibilizar la lucha contra la violencia machista, que aún cada año deja secuelas en cientos de miles de mujeres y asesina a decenas de ellas en nuestro país. Durante los últimos años, hemos luchado y avanzado mucho en la prevención e intervención sobre esta lacra. A día de hoy resulta extraño que alguien niegue que un hombre que pega a su mujer está ejerciendo un maltrato. También reconocemos otras manifestaciones de la violencia de género como la psicológica, económica o sexual. Sin embargo, todavía vivimos en una sociedad que, sin ser apenas consciente, está impregnada por la violencia de género simbólica, aquella que aún mantiene la subordinación de las mujeres perpetuando el resto de manifestaciones de las violencias de género.

Violencia de género simbólica, por Isabel Fernández Pérez
Isabel Fernández Pérez

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