PEDRO ANTONIO MARTÍNEZ ROBLES

Era un crío cuando me colgaba del hombro aquellas viejas valijas de cuero (dos, tres, y a veces hasta cuatro) que casi arrastraba por las aceras camino de la oficina de Correos. Tenía 11 o 12 años y cursaba entonces primero o segundo de Bachiller cuando mi vecina Piedad me propuso hacerme cargo de la tarea de llevar cada tarde, a las seis en punto,  hasta la estafeta de Correos aquellas pesadas carteras que contenían la correspondencia del pueblo y que a diario traía desde la estación del ferrocarril Pepe Perea en el ómnibus con que hacía el servicio de viajeros y paquetería. Una faena que no me ocupaba más de 12 o 15 minutos diarios por la que me ofreció una paga semanal de 70 pesetas (unos 42 céntimos de euro en dineros de hoy), que yo acepté complacido, no tanto, quizá, aunque también, por la cuestión económica –que no me venía nada mal–, como por el hecho de asumir una responsabilidad que me hacía sentirme “maduro”.

Eran aquellos unos años en que los carteros “de toda la vida” gastaban una proximidad con sus parroquianos que hoy ha caído en desuso; un tiempo en el que ninguna carta dejaba de llegar a su destino, por más estrambótica que fuera la dirección que trajera. Así, mi hermano Juan Carlos, por ejemplo, recibía desde Madrid correspondencia de su amigo Francisco José con la única indicación en el sobre de “Para Juan Carlos, hijo de Perico del Vino, que vive enfrente del Bar Pepón” en Calasparra, y esa carta llegaba a su destino. Algo impensable hoy  por la continua mudanza de los carteros, casi todos foráneos, que andan atormentados con los nuevos protocolos postales y tienen un lógico desconocimiento de las identidades de los vecinos a quienes tienen que prestar sus servicios, por lo que esa cercanía entre cartero y destinatario, prácticamente ha desaparecido, sobre todo por esa situación de interinidad o provisionalidad con que ejercen sus funciones, de tal modo que un solo error o una imprecisión en la dirección de una carta (la indicación de una puerta A en vez de una puerta B, en el mismo rellano del mismo edificio, por ejemplo) puede dejar a su destinatario sin recibirla. Lejos estamos, por tanto, de ese tiempo en que, según me contaba Antonio Cano, su padre, Argeo el cartero, era capaz de vaciar su valija una mañana de mercado sin moverse de las proximidades de la plaza de abastos. No quiero decir con esto que aquellas costumbres, aquel modo de desenvolverse en el trabajo, en las relaciones y, al fin y al cabo, en la vida, fuera mejor o peor que este de ahora. Las cosas de la vida “se mueven” (o las mueven quienes tienen poder para ello) y nosotros nos movemos con ellas; pero también es cierto que los años nos permiten ver el carácter cíclico de “los eventos consuetudinarios” (como los cita don Antonio Machado de manera irónica en Juan de Mairena), sobre todo por la naturaleza arbitraria y ocurrente de quienes disponen (o imponen) su decurso, y así puede ocurrir que la supresión del papel de estraza para envolver las mercaderías en los comercios, sustituido por el hoy aborrecible plástico, regrese de nuevo a los mostradores, como ha vuelto el granel que no hace tanto fue proscrito por insalubre, o el embutido al corte, en detrimento del envasado al vacío, y como puede ser que vuelva alguna vez el “cartero de toda la vida”, que conoce a sus parroquianos hasta por sus apodos, con sus valijas de cuero al hombro y esa humana cercanía que tanto echamos en falta.

 

 

Pedro Antonio Martínez Robles

 

27 de junio de 2020