Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Una bronquitis infantil e impertinente fastidió en parte mis primeros años, aunque casi todas las infancias están lastradas por algún tipo de mal cuyo recuerdo permanece una vida entera. La mía hubo de superar el miedo a las inyecciones, el terror a ese paseo insoslayable al que me obligaba mi madre, mientras me tomaba en sus brazos y me llevaba camino de la Casa de Socorro, donde el Pedro, el practicante, me ponía las peores inyecciones que recuerdo. Solo mi chacha Ramos tenía la habilidad y la astucia de pincharme casi sin rozarme la piel, un leve cachete y un ya está, ni te has dado cuenta, y ahora el líquido entrará despacio y ni vas a enterarte, me decía ella   con todo el cariño de una chacha buena.

Pero aquellos inviernos asaltaban mi pecho cada temporada, me impedían la respiración y me imponían una tos corrosiva y dolorosa que sufrí durante años. Mi madre me daba remedios caseros, me sometía a vahos balsámicos, me abrigaba de un modo exagerado y, en última instancia, cuando me subía la fiebre, me tomaba en brazos y me llevaba implacable a la Casa de Socorro. No he olvidado el viento y el frío de aquellos días soleados de invierno, el cielo despejado y transparente y la chimenea encendida de mi casa; no he olvidado el dolor en el pecho cada vez que me llegaba un acceso de tos, los supositorios balsámicos, las inyecciones definitivas de penicilina que me dejaban baldado y casi sin fuerzas y de las que tenía que reponerme durante días.

Mi memoria evoca la figura menuda y dulce de mi madre moviéndose ligera por la casa, subiendo y bajando las escaleras para traerme cualquier cosa que necesitara, y a mi padre, que viene de la huerta al anochecer, entra en mi dormitorio y me pregunta cómo estoy, me pone su mano dura y tosca en mi frente mientras busca las décimas de la fiebre temida, y concluye con su habitual eso no es nada, hijo, en unos días estarás bien.

Lo que tiene de reconfortante la enfermedad infantil es que todo el mundo en la casa se preocupa por uno, tanto que por espacio de unos días o de unas semanas te conviertes en un ser irresponsable y mimado que depende de otra persona totalmente, porque no puedes ejercer las acostumbradas funciones de tu vida, y cualquier cosa te es hostil. Entonces, en mi infancia, era aquel clima intempestivo de Moratalla durante los inviernos, el sol frío de los domingos que mi abuelo remediaba con un buen fuego y unas migas a la hora de la comida, la tos torturante que removía por dentro como con un utensilio afilado y cruel mi pequeño pecho de niño y la convicción absoluta, como nunca la habría de tener después, de que la gente importante me quería.

Yo creo que el milagro de la niñez estriba en un puñado de evidencias transparentes que nos asaltan sin querer y que nos acompañan durante unos años, aunque es preciso que pase una vida entera para comprender del todo este prodigio casi inefable, porque mientras lo estás viviendo no es otra cosa más que el milagro natural de los días discurriendo hacia algún lugar desconocido y, como uno va dentro de ese milagro, todo le parece apropiado y justo, pero el tiempo pasa y se suceden los inviernos, uno sigue resfriándose pero no con tanta virulencia, hace tiempo que las odiadas inyecciones han desaparecido de su vida por fortuna o, al menos, ya no le afectan tanto, porque crecer y madurar consiste tal vez en aguantar mejor el dolor o en resignarse.

Y, sin embargo, sigo echando de menos a mi madre, solícita y cariñosa, a mi padre, firme y seguro, y a mi abuelo junto a la chimenea, entrañable y con las migas hechas