Ya en la calle el nº 1052

Viejas canciones

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Viejas canciones
Viejas canciones

Maribel García

La llegada del verano se aproxima y, de repente, de forma eufórica, casi sin avisar, ese esperado verano llega a cada uno de nosotros. La luz se vuelve intensa y los días, convertidos en futuros inhóspitos por conquistar, nos trasladan a otros días y otros veranos de luces intensas que se apagaron en la memoria de lo que somos y que siguen viviendo en aquellos otros que fuimos, que creímos ser.

La vida llama a los recuerdos como los recuerdos llaman al verano, siempre, con la misma intensidad, con el mismo empuje, con el arrojo del que sabe que la vida es un baile que se hace luminoso en la época estival, con la incertidumbre de conquistar el que puede ser nuestro último verano, con la necesidad imperiosa de aferrarnos a la piel que habita hoy en nosotros y que será distinta a la piel que conocerá próximos veranos.

La vida se desliza entre nuestros dedos mientras el verano despierta los recuerdos, las miradas, la esfinge de todos aquellos que nos dejaron atrás, los mares en calma y las tormentas que originaron naufragios de los que nunca conseguimos regresar.

Todos, cada uno de nosotros, somos vidas y veranos, distintas vidas y distintos veranos, distintos veranos marcados por acordes y melodías, marcados por lejanas canciones. Somos los acordes de miles de viejas canciones de verano que bucean en nuestro interior, que permanecen en el letargo más absoluto hasta la llegada de los días de intensa luz y sensaciones conocidas.

Somos amantes de canciones imposibles, amantes de viejas canciones que nos conducen, sin poder ni querer remediarlo, a aquellos días, a aquellas luces de distinta intensidad, a quienes hoy somos.

Se vislumbra el verano. La luz se transforma en melodía y la noche traicionera nos dirigirá al encuentro de la orquesta en la plaza del pueblo, a un teatro que albergará un festival de jazz, a un estadio repleto de miles de personas que creerán estar en el mejor concierto de rock de sus vidas, y ansiosas esperarán a que en el repertorio suene su canción favorita, como sucedía en el mismo lugar veinte años atrás.

Y por un momento, el pasado y el presente, el verano de hace veinte años y el verano que acaba de asaltarnos se fundirán en el espacio-tiempo, bajo la banda sonora de una canción que nos embriagó con sus acordes y que continúa viva en nuestro interior.

Y de repente, al escuchar esa vieja canción, esa canción que siempre fue nuestra desde el primer momento, nos convertiremos en los héroes de aquellos veranos que todavía estaban por descubrir. Y nos sentiremos invencibles, invulnerables, inmortales, capaces de conquistar miles de escenarios recónditos para nuestra memoria.

La vida llama a los recuerdos como los recuerdos llaman al verano y a sus canciones.  Y en este verano, como un ritual de antaño, nos abrazaremos a nosotros mismos, -fundiendo lo que éramos, lo que fuimos, lo que hoy creemos ser-, mientras escuchamos nuestra vieja canción de verano y, con los ojos llorosos, sumidos en los recuerdos que invoca su melodía, bailaremos en la oscuridad.

Créditos fotografía

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