FRANCISCO SANDOVAL

Vida. Quizá no hayamos buscado nunca esta palabra en el diccionario, y a nadie le es ajena. Además de que posee varias acepciones también podemos usarla en sentido figurado en la arquitectura. Nuestro monumento está vivo.

Nos remontamos al siglo XII para ver surgir la primitiva albacara de Sharq al-Ándalus. Al igual que cualquier ciclo vital, necesita en sus inicios un sustento y una seguridad adecuados para poder subsistir. Encontramos de esta forma que los primeros elementos de los que podemos hablar son los aljibes y unas primitivas murallas.

Son numerosas las fortificaciones que se desarrollan como castillo señorial, tenemos cercano el ejemplo de Mula. El caravaqueño también llegó a serlo y existen descripciones de él, sin embargo, no cabe duda de que el acontecimiento que marcó su singularidad fue la aparición de la Cruz de Caravaca. La traza constructiva comienza a enfocarse desde entonces al aspecto religioso, y el edificio evoluciona desde una modesta capilla al actual templo que fue levantado en el siglo XVII en un estilo tardo-renacentista que muchos han calificado de herreriano por la sobriedad de sus paramentos.

Asentado el significado y carácter tanto público como representativo del edificio, se levanta una fachada que le otorgase el “regio esplendor” que merecía. La portada barroca, cuya autoría da pie a un extenso debate, posee entre sus ornamentos dos serpientes emplumadas, una reconocida divinidad de la mitología mesoamericana. Además, el acceso principal está flanqueado por dos estípites, un tipo de columna muy usada en el barroco mexicano, pero con muy pocas referencias en la arquitectura de España. Esto nos da cierta idea de la influencia que la Cruz de Caravaca ha llegado a tener al otro lado del Atlántico.

En la vida de un edificio se suceden distintas operaciones, unas por estricta defensa, como la construcción del baluarte en la Guerra de Independencia; otras son estéticas, como la inclusión de la escalinata de acceso al templo a principios del siglo XX. Lo cierto es que llega un momento en el que uno mira con retrospectiva al monumento, y se da cuenta de que todo eso pertenece al pasado. De que cualquier actuación que hubiese que hacer ahora en él es de conservación. Ese momento, en su sentido más pragmático e internacional, aconteció con la Carta de Atenas en 1931. A nivel local, tenemos la declaración de Monumento Nacional otorgada el 2 de marzo de 1944. Este título, más allá de ser un imperativo legal para su conservación, pone de manifiesto el sentimiento de identidad y el valor que un pueblo tiene hacia su arquitectura y lo que ella representa.

¿Qué pasa en la vida del monumento a partir de entonces? Tiene un guión bien definido: el edificio es vetusto, necesita unos cuidados. Sin embargo, se puede dar el caso de que bien la técnica o bien los conocimientos no sean adecuados. En otras palabras, que el tratamiento no funcione. Hace tres décadas se intervino la fachada barroca con un empleo de productos y técnicas que no dio los resultados esperados, si bien, esa experiencia ha ayudado a mejorar el conocimiento sobre la actuación en un monumento de tal entidad.

La última labor de conservación ha sido en las murallas encaminada a solucionar problemas de humedad, empujes horizontales en los paños y reposición de material pétreo. Las barandillas en el perímetro amurallado se han colocado en cumplimiento del Código Técnico de la Edificación para garantizar accesibilidad, un elemento nuevo que, si bien ayuda a cubrir una necesidad, propone una reflexión purista: ¿hasta qué punto se puede modificar un monumento del pasado para adaptarlo a las necesidades del presente?

En el futuro, probablemente tras el Año Santo 2017, asistiremos a la última intervención proyectada: devolver la viveza a la barroca fachada. Sus colores han sido apagados y su material está un tanto disgregado, sin embargo el monumento sigue vivo, ha seguido un camino cargado de historia para acoger a quién a él llega, culminando de historias su camino.