ANTONIO F. JIMÉNEZ

Uno, por querer ahorrarse unos céntimos, tiene que pagar la inocentada de pegarse un periplo de casi seis horas cuando podría haber sido de cuatro. Con las ofertas ya se sabe, tienen su revés: si trata uno de meterse unas perrillas al bolsillo con la compra de un billete barato, ese uno se dedica unos días previos al viaje a proclamar a viva voz que se va a tal ciudad por cuatro duros, sin saber que se expone más a la muerte porque a esos precios el autobús circula por carreteras secundarias adelantando a camiones en doble sentido. Están bien estos paseos para el costumbrismo, ver pueblos insospechados, algunos con nombres extraños y bonitos como Minaya. Se supone que uno tiene que estar tranquilo y dejarse llevar por el paisaje, pero en estos trayectos hay una tensión inevitable cuando se ve venir al tráiler, que pasa casi asfixiando al aire entre ambos vehículos. Los del ventanal pegan una resurtía y dicen: «¡Ha pasado rozando!». Los viajeros, por lo normal, suelen ir callados, y tan solo se oye el cacareo vecinal de alguien que conversa. Viajando en autobús el vuelo es gallináceo, escribió Josep Pla en su mítico ‘Viaje en autobús’, aquel retrato errabundo de los primeros años de posguerra y que empieza así: Uno, pues, de tarde en tarde, viaja por el país. En aquellos años Pla subía a los autocares para sentirse un payés más. Si Pla viajara en estos buses de ultimísima clase anotaría las más típicas afirmaciones del hoy: «Entre el político que entre, todo seguirá igual; yo ya tengo una bandada de familiares en Alemania». El que escucha, de tanto asentir, cabecea. Y al llegar al pisar el suelo se agarra uno a la maleta con fruición desaforada, dándose coscorrones en los picos de las compuertas, la vejiga colmada de tensiones y el estómago, por lo general, quejumbroso. Esto último sería su mayor pesadumbre si Pla viviera.