Juan Martínez Piñero/Fisioterapeuta

Cuando hablamos de emociones, muchos de nosotros, damos por supuesto que sabemos lo que son, sabemos las que son y sabemos enfrentarnos a ellas. Nada más lejos de la realidad. La mayoría de nosotros no hemos rascado más que la superficie de nuestros sentimientos. La mayoría, solo hemos visto la punta del iceberg. No en vano, muchas veces, ni siquiera somos capaces de ponerle nombre a los que percibimos zanjando la conversación con un simple y espontáneo “estoy bien” o “estoy mal”, sin poder profundizar más en lo que realmente sentimos. Lo cierto y verdad es que como muchas de nuestras emociones son muy pesadas o no sabemos cómo utilizarlas, las dejamos a un lado, nos conformamos y nos engañamos pensando que lo conocemos todo sobre nuestros sentimientos sin ahondar demasiado.

Las emociones son muy complejas. Se trata de un proceso multidisciplinar donde concurren psicología, fisiología y comportamiento. Las emociones alteran la atención activando redes neuronales de la memoria que organizan rápidamente los sistemas biológicos estableciendo nuestra posición y nuestra conducta ante el entorno.

Para poder utilizar las emociones a nuestro favor, que a final de cuentas es de lo que se trata, debemos trabajar nuestra inteligencia emocional. Debemos ser capaces de percibir nuestras emociones, comprenderlas y regularlas de forma eficaz.

¿Qué pasa con las personas con discapacidad intelectual y sus emociones? ¿Son capaces de sentir? ¿Sienten lo mismo?Durante muchos años, los sentimientos de las personas con discapacidad no se han tenido en cuenta. Para muchas personas, era más fácil pensar que no sentían, que no se enteraban de nada, que les daba igual todo. Por suerte, esa creencia ha desaparecido prácticamente del imaginario colectivo.

A lo largo de la vida vamos encontrándonos con sucesos concretos que aprendemos a interpretar de manera que nos causan emociones: nos entristecen, nos alegran, nos repugnan… La interpretación de una situación determinada no es igual para todos los individuos, ni siquiera a veces para el mismo individuo en diferentes momentos, pero todos respondemos a dichos sucesos. Todos, tengamos la capacidad que tengamos, nos expresamos en nuestro entorno en función de las emociones que despierta.

Es muy difícil encontrar estudios relativos a las emociones en las personas con discapacidad hasta hace más bien poco, podríamos decir que la trayectoria histórica del estudio de las emociones en personas con discapacidad intelectual se ha caracterizado por un vacío. La existencia de este vacío histórico no sorprende si tenemos en cuenta la forma de concebir tradicionalmente la discapacidad intelectual en términos de deficiencias cognitivas. Este hecho ha supuesto que durante décadas, las teorías de la discapacidad han centrado su atención en cómo el funcionamiento cognitivo influye en el funcionamiento conductual. Y es esta atención selectiva la que ha supuesto dejar de lado el mundo emocional de las personas con discapacidad intelectual o eclipsarlo en función de este déficit cognitivo.

Tradicionalmente, en el campo de la discapacidad intelectual, se ha trabajado enormemente en el desarrollo de la mente racional del sujeto, dejando de lado la mente emocional, más impulsiva y aparentemente irracional. Estas competencias intelectuales son un componente importantísimo a desarrollar en las personas con discapacidad, sin embargo, es indudable que deben emparejarse con otros contenidos, como son el hecho de que la persona aprenda a quererse, a conocerse, a saber relacionarse y a desenvolverse, poniendo en práctica estas habilidades tan importantes en la vida cotidiana para cualquier persona. Si las emociones son estados del sujeto, las personas con discapacidad tienen una vida emocional tan rica como las demás, por cuanto los sentimientos nos invaden y se hacen dueños de nosotros. Ellos viven esos afectos con igual o mayor intensidad .Las personas con discapacidad intelectual también sienten, tienen emociones y sentimientos, conocen el valor del éxito y del fracaso, la alegría y el dolor, los celos, la rabia, el sentirse rechazados, etc. Ellos reaccionan ante todas estas emociones de la misma forma que lo haría cualquiera.

En muchas ocasiones, las personas con discapacidad son un colectivo vulnerable al rechazo o las burlas por parte de sus iguales debido a sus bajas habilidades sociales o limitaciones físicas. Experiencias de este tipo generan heridas emocionales que influyen negativamente en la autoestima y que deben abordarse desde el primer momento, con el objetivo de mitigar las secuelas y conseguir una mayor integración social. En este proceso es natural que empiecen a aparecer sentimientos de carga negativa como pueden ser la tristeza, la rabia y la ansiedad… Esta situación provoca que las personas tengan mayor dificultad para expresar sus emociones, que unido a los diferentes problemas sensoriales, de comunicación y de percepción que podemos encontrar complican un desarrollo emocional óptimo.

Por todo ello, no debemos obviar el trabajo y el desarrollo de la inteligencia emocional a la par que otras capacidades, porque será un baluarte más en el que apoyarse a la hora de desenvolverse en el mundo y conseguir una inclusión real.