PASCUAL GARCÍA

Fue mi padre quien me propuso aquel viaje. Yo tenía nueve años y mi hermana acababa de nacer. Era febrero y, mientras enfilábamos la carretera polvorienta y destrozada que conducía a La Puerta, mi padre me dijo que tal vez lloviera antes de alcanzar El Salto, el cortijo donde había nacido mi abuela María y donde había conocido a mi abuelo Pascual. A los dos les unía un sentimiento de orfandad compartido, pues a ella le habían matado al padre en una cacería del modo más estúpido y él, por razones que no vienen al caso, se había criado con su madre y con sus hermanos, trabajando de pastor desde su infancia en aquella sierra que terminaría imprimiéndole una carácter particular, a la vez férreo y tierno, cariñoso e implacable.

Eran más de doce kilómetros de camino difícil, a través de un monte denso, de una belleza drástica e inolvidable para la que no todo el mundo se halla preparado. No es necesario añadir que muy pronto saldríamos del ámbito conocido de la civilización, y que durante tres horas no encontraríamos teléfonos, personal sanitario, vecinos a los que preguntar una dirección o bares donde tomar un vaso de agua.

Frente a El Rincón nos salimos de la carretera, o de lo que por aquel entonces llamábamos de ese modo, y comenzamos a subir por una senda estrecha y empinada hacia la espesura de los pinos, las chaparras y los lentiscos. Empezaban a caer las primeras gotas como si de un polvillo húmedo se tratara, pero bajo los árboles apenas notábamos el aliento fresco de la mañana en el rostro. Mi madre me había arropado de manera desmesurada, como solía ser su costumbre y, aunque estaba enfriándose el ambiente, muy pronto por efecto de la caminata y de la subida hube de quitarme el abrigo porque estaba sudando.

No puedo asegurar el momento exacto en que aquella llovizna –mollina la llamamos en Moratalla y así consta también en el DRAE– se transformó en lentos y menudos copos de nieve. Ascendíamos por la senda casi invisible que mi padre iba indicándome, entre las ramas secas de alguna tala reciente, y el monte olía a tomillo mojado, a tierra bendecida por la gracia del cielo desde el que, conforme proseguíamos nuestro viaje, iban cayendo cada vez más a menudo y de un modo más patente copos ya de una dimensión considerable.

Cuando llegamos al cortijo, había casi un palmo de nieve a nuestros pies, y sobre nuestros hombros blanqueaba firme la nieve que no habíamos sido capaces de sacudirnos. El Salto era un paraje hermoso, una media docena de casas, con corrales, una era para la trilla, gallinas, conejos y mulas y una huerta que se regaba con el agua de una fuente. Había un parentesco familiar entre todos los vecinos, y rara vez habían surgido enlaces exógenos, tal vez no sólo por una cuestión de herencias y tierras, sino por una concepción conservadora, tribal, de miedo a lo desconocido. Por eso, todos nos sentíamos familia, reunidos por la noche a la par de la lumbre, en las tinieblas de la cocina grande, que era la estancia fundamental donde sucedía casi todo, además de los dormitorios. Allí se cocinaba, se comía, se conversaba, nos lavábamos junto al fuego, pelaban la pava los novios en las noches de invierno y se rememoraban una y cien veces las añosas leyendas de la tierra y los chismes recientes de los cortijos próximos.

Mi padre convino que me quedara toda la semana con la familia, porque él no tenía más remedio que volver al pueblo a ocuparse de los animales y de la huerta. Quedó establecido que yo volvería con mis tíos el sábado a Moratalla, cuando bajaran al mercado para realizar las compras habituales. Fue una semana intensa, diferente, casi exótica. Nos acostábamos a las nueve y nos levantábamos temprano, jugaba con mis primos, recogíamos los huevos que las gallinas ponían en lugares caprichosos, traíamos agua del pozo y lentamente asistimos al deshielo, al espectáculo de las tardes luminosas y las mañana frías, sentados junto a la lumbre. Triscamos bajo las nogueras y los robles, nos escondimos en los corrales y corrimos detrás de los perros.

Comí huevos frescos del día, pan amasado de la semana, pollos de corral y embutido de la última matanza. Las hortalizas, las verduras y las legumbres procedían de la huerta y habían sido regadas con agua de fuente. El agua del pozo estaba helada y era transparente. Tuve desde entonces una idea muy concreta del paraíso y, como ocurre en estos casos, todo fue muy deprisa y, de repente, llegó el sábado. Los hombres aparejaron las mulas, les pusieron las agüeras, y las mujeres hicieron el inventario de todo lo que deberían comprar en el mercado de Moratalla. Al fin, me montaron en uno de los animales y emprendimos el camino de vuelta.

Cuando llegué al pueblo y fui a mi casa, tuve la convicción de que todo había cambiado en alguna medida. Algo se había degradado en la imagen de las calles y de las casas. Mi madre me abrazó como si me hubiera perdido para siempre y, cuando observé a mi hermana, diminuta y envuelta en pañales, casi no la conocía. Había pasado una semana fuera de mi casa, solo y sin mis padres, pero el tiempo había corrido para mí de otra manera, en una dimensión diferente, y ya era otro, distinto al que había acompañado a mi padre sierra arriba en busca del origen. El viaje me había fortalecido y me había enseñado a mirar la vida de otro modo, tal vez con los ojos del hombre incipiente que ya empezaba a ser.