PASCUAL GARCÍA

Recuerdo que cuando yo era niño los hombres de mi barrio no acababan de ponerse de acuerdo acerca de aquel extraordinario acontecimiento del  primer viaje a la luna, que había acaecido algunos días después de mi séptimo aniversario. El Apolo 11 con una tripulación compuesta por el comandante Neil Armstrong y los pilotos Edwin E. Aldrin Jr. y Michael Collins fue la primera expedición en alcanzar la superficie de nuestro satélite y Armstrong, el primer hombre en pisarla. Eran las 22:56 cuando el comandante pronunciaba aquella célebre frase, que ya ha pasado a la historia: Un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la Humanidad.

Como en mi casa aún no había tele, no pude ver las escenas que, andando el tiempo, han terminado convirtiéndose en todo un clásico del siglo XX, pero, de cualquier forma, yo he vivido siempre este suceso con la mayor naturalidad y me ha sorprendido a menudo el desasosiego de vecinos y familiares que no daban crédito a sus ojos y no eran capaces de creer en la veracidad de lo que les estaban contando desde distintas partes del mundo. Para ellos, ir a la luna era físicamente imposible y todo lo relativo a la tecnología y a la ciencia les era tan desconocido como inimaginable. Tampoco yo tenía conocimientos de aeronáutica ni mucho menos, pero estaba en condiciones de aceptar lo que me transmitía la pequeña pantalla del televisor, acaso porque ya pertenecía a la nueva era, ésa que hoy corre a una velocidad inalcanzable y que está a punto de dejarnos a muchos en la cuneta.

Pero de lo que escribo es del milagro que para todos supuso aquel viaje espacial, hasta el punto de que durante mucho tiempo, incluso años, algunos no terminaron de creerse la proeza que se había realizado un siglo después de que Julio Verne lo contara en una de sus grandes novelas. Bien es verdad que en mi barrio tampoco se leía a Julio Verne o, mejor dicho, no se leía nada.

Hubo quien se empeñó testarudamente en que todo aquel espectáculo del espacio, las naves, las voces por radio desde Houston, y la vaga superficie lunar eran sólo mera propaganda y yo me preguntaba a qué podía obedecer aquella campaña publicitaria, mientras discutía con propios y extraños, en mi ingenuidad de adolescente, sobre la seguridad del hecho, la certeza incuestionable de que, más temprano que tarde, nos haríamos los dueños del universo y los viajes espaciales se convertirían en hechos tan cotidianos como las excursiones al campo.

Es verdad que no ha llegado todavía ese tiempo, aunque ya es posible hacer turismo por el Universo y nuestros planteamientos acerca de este asunto no parecen tener límites. Hoy por hoy, somos capaces de creérnoslo todo lo relativo a este asunto de los planetas, las galaxias y los sistemas solares. Han salido de Cabo Cañaveral  y de Cabo Kenedy  varios Apolos y Discovery, solo en Estados Unidos, a los que deberíamos añadir los equivalentes rusos y la más reciente carrera espacial europea. Poseemos, asimismo, nuestros astronautas nacionales, Pedro Duque y Miguel Ángel Alegría, y ya estamos curados de espanto. Alguno tiene en mente la posibilidad de que este maltrecho mundo ha de tener su proyección en ese otro de las estrellas, habida cuenta de la velocidad a la que nos lo estamos cargando. Vivir entre las esferas, en esa armonía universal de la que hablaban los griegos debe de ser una experiencia mística. No me cabe la menor duda.

Y, sin embargo, no hace demasiado tiempo que alguien volvió a poner en duda delante de mí aquel fabuloso evento de mi infancia, cuando en mi barrio del Castillo apenas había televisores y mirábamos al cielo alarmados y perplejos cada vez que un avión lo cruzaba en mitad de una ancha estela de humo. Esta vez, más prudente y con más años, escuché los argumentos del descreído y opté por el silencio. Al fin y al cabo, también yo prefiero la ficción a los fríos datos de la escueta realidad. Por eso, continúo engolfándome con gusto en algún libro, mientras le aconsejo a mi hijo vivamente la lectura de una novela de Julio Verne.