JOSÉ MOLINA MOLINA

Fue en el año 1977 cuando estuvo en Murcia Miguel Boyer a dar una conferencia. Lo recogí en el aeropuerto de San Javier, un R-12 que conducía yo por aquel entonces, habíamos coincidido en alguna reunión, o sea nos conocíamos poco, y cuando bajó delMiguel Boyer avión, le pregunté si quería cenar, porque así llegábamos a Murcia directamente al Hotel Fontoria donde se hospedaba esa noche. Le pareció bien la idea y le sugerí que podíamos cenar en «La Venta San Antonio». Menú unos huevos fritos con patatas y morcilla.
Fue una cena muy animada, hablamos ampliamente de la economía española, de los proyectos regionales para Murcia, y como no, del Trasvase Tajo. Segura. Su temor era a producir unos efectos de los excedentes agrícolas y donde colocarlos a precios competitivos, a lo que le respondí, que había que abrir mercados, que el Trasvase era uno de los mejores proyectos de obra pública de la época y que había que potenciarlo, no mirarlo con recelo. Al final terminamos hablando de electricidad, tema de su conferencia, y de la de nacionalizar la Red de Alta tensión, y muchas más cosas, como de la organización del Estado, de las haciendas públicas, la reforma fiscal, la modernización de las Administraciones públicas, de la transparencia económica en el sector público y en las empresas, de la necesidad de una Ley de Auditoria de Cuentas, y todo un listado de cosas que ambos llevábamos en la cabeza.
Hablábamos con tanta emoción, que en un momento de la conversación le dije «Miguel moja la yema del huevo con pan, que con este pan de pueblo, tiene un sabor especial, moja y ya lo verás. Lo que pasó fue un desastre. Lo hizo con tanta ansiedad que se salpicó de aceite y huevo, corbata y traje. ¡Menudo panorama!
Reaccioné. Le dije que no se preocupara y que en cuanto llegáramos le daríamos solución para que tuviera dispuesta su corbata y traje para la conferencia, porque venía con lo puesto. Llegamos al Fontoria, hablé con la dirección y solucionaron el problema: a la mañana siguiente todo estaba como si nada hubiera pasado. La conferencia fue un éxito de ideas y de asistencia. Regresó a Madrid y no nos volvimos a ver hasta que, él como ministro y yo como consejero, coincidíamos en reuniones en el Ministerio de Economía y Hacienda.
Recuerdo que en una reunión en el Ministerio, hablando sobre medidas económicas en las empresas, le dije «Ministro, ¿cuándo has estado por última vez en una fábrica con 25 trabajadores?, porque lo que dices no me encaja». No le gustó mi pregunta y ahora lo comprendo. Fue un golpe bajo, porque siempre había pisado las grandes empresas, las moquetas de los bancos y organismos públicos.
En otra ocasión, con motivo de aprobarse la Ley del recargo sobre los Premios del Bingo, quiso recurrirla y le amenacé con dimitir, cosa que le hizo rectificar y dejó que la ley siguiera su curso, lo cual favoreció a las demás Autonomías que siguieron un camino parecido. Esto nos llevó a un distanciamiento porque, no contento con este paso, impulsé poner un recargo sobre los premios de la Lotería Nacional, cosa que ahora, 30 años después se ha puesto, para que fuera un ingreso compensatorio para las haciendas regionales por las deficiencias del coste de los servicios transferidos. Aquello fue como la gota que colmó el vaso, y me llamó a capitulo. Me aclaró que él era el ministro y que no permitía que nadie le tocara el sistema de ingresos.
No debí de aprender la lección bien porque, poco tiempo después, cuando se pusieron a la venta los bancos expropiados de Rumasa, organicé un grupo inversor compuesto por el Banco Exterior, Caja Postal y las Cajas de la Región de Murcia, para que al precio de salida de la adjudicación: una peseta, nos adjudicaran el Banco de Murcia con el fin de convertirlo en Banco Industrial regional. En la Asamblea consta una interpelación del diputado Ríos, en donde expliqué con todo detalle gestiones y fracaso de las mismas, porque había un compromiso de adjudicarlo a la banca, en concreto al Banco Santander.
Estas son algunas de las anécdotas vividas, las que te dejan más huella, porque estar horas y horas en reuniones de temas de economía, hacienda y presupuestos, no son motivo de resaltar, salvo que de su brillantez y, por qué no decirlo, su posición prepotente del que sabe lo que dice y además tiene el poder para decirlo, tomas notas para no equivocarte. Aprendí muchas cosas, unas para aplicarlas y otras no, como su empecinamiento en dar cobertura al dinero negro, operación que forzó la dimisión del Secretario de Estado, José Sevilla, a quien el tiempo le ha dado la razón. Para el dinero negro ¡no hay perdón!.
Desde que ambos dejamos la política no nos hemos encontrado. Sus nuevos caminos, compromisos sociales incluidos, no se han cruzado nunca con los míos, pero guardo un recuerdo de esos años en los que, con visiones diferentes en algunos campos, trabajamos desde puestos muy distintos para poner en funcionamiento la estructura de Estado con la ilusión de modernizarlo, descentralizarlo y hacerlo más democrático. Esa labor no se ha terminado, seguimos con el mismo reto, pero nos llega por ley de vida ir dejando el relevo para que otros terminen lo que con tanta ilusión empezamos.
Un sincero recuerdo para la figura Miguel Boyer. Que por encima de sus desplazamientos ideológicos, nos quedemos con lo positivo de un ministro que trabajó en los momentos críticos del cambio. Descanse en paz.