Pedro Antonio Hurtado García

Volvemos sobre el coronavirus en tiempos en los que conviene “poner la oreja”, como dicen nuestros antiguos. Porque, con esa atención prestada, se escuchan versiones y sentimientos humanos muy distintos, dispares y válidos, respetando todo tipo de opiniones.

Últimamente, la reflexión que más nos impacta es la de quienes sufren enfermedades severas, pero argumentan que prefieren luchar y luchar, antes que “les toque” una desaparición repentina. Otros se inclinan por la inmediatez para evitar sufrimientos. Pese a no ser posible elegir, quienes apuestan por la lucha, defienden que ganar no siempre es vencer, sino no ser vencidos.

Es lo que nos está ocurriendo con el coronavirus, que todos sabemos de sus consecuencias, pero el ritmo creciente de la enfermedad pone de manifiesto que muchos no le tienen miedo, ni siquiera respeto, hasta verse vencidos por la pandemia que nos invade.

Se nos dan consejos desde las más altas esferas sanitarias, se nos trasladan criterios de médicos, preocupados y consecuentes, que quieren lo mejor para nosotros y, lógicamente, también para su colectivo. Pero es imposible entender por qué embarcarnos en celebraciones, ambientes nocturnos, reuniones familiares y de amigos, así como todos esos riesgos que a nada bueno conducen y a los que nada favorece nuestra estructura de Estado. Somos recalcitrantemente temerarios. Porque… ¡¡¡no hay mucho que celebrar!!!.

Está claro que, en esta batalla, todos debemos unirnos, ser consecuentes, lógicos y responsables y evitar salidas de los mayores, reuniones masivas y todo lo que nos aconsejan incansablemente, sin eximir las responsabilidades de nuestras autoridades de todo territorio. Se trata de intentar triunfar o lograr no ser vencidos, posicionándonos en un clima de unión inquebrantable, sólido y con una misma voz. Buenos días.