Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Vendo mi casa, porque ha sido despojada del último miembro y empieza a no tener alma y, sin alma, una casa acaba por derrumbarse, como le ha sucedido a la de mi vecino de enfrente. No obstante, mi casa posee fuertes cimientos y ha sido remozada en varias ocasiones, la última cuando yo aprobé las oposiciones e invertí un poco de dinero a modo de regalo para que mis padres estuvieran más cómodos allí.

El caso es que mientras acompañaba al fotógrafo que iba a hacerle un reportaje para la inmobiliaria, me fui reencontrando sin querer con los viejo rincones de mi infancia y me fue dando todo aquello tanta lástima que por unos minutos  pensé en arreglarla, para lo que no necesitaría demasiado dinero y convertirla en una casa rural, en el entorno más castizo de Moratalla, junto al castillo totalmente reconstruido donde todos los veranos se celebran actuaciones musicales. Pensé en la cochera que está prácticamente hecha, pues yo mismo he metido en algún momento mi auto y en una fabulosa terraza con vistas a la Sierra del Cerezo, que haría las delicias de cualquiera en verano, pues al otro lado la casa recibe el sol dulce y templado del sur invernal sobre las cumbres de la Sierra del Buitre, e inunda la cocina con su lengua de luz, como cuando yo era un crío y jugaba en el suelo a atrapar los rayos del sol mientras mi madre hacía la comida.

El fotógrafo fue dando cuenta de cada estancia, de cada ángulo y yo fui ayudándole mientras recordaba todo lo que había vivido en cada habitación, en cada esquina. Era una especie de despedida, como cuando se van unos parientes de viaje y nos empeñamos en echarnos unas fotos con ellos para no olvidar el momento. Yo me estaba despidiendo de mi casa, aunque todavía no la había vendido, pero ya había dado el primer paso, esas fotos que otros verían para juzgar si merecía la pena adquirir el inmueble a ese precio; ellos observarían una casa tradicional moratallera, a la que tal vez le haga falta un poco de pintura, pero que se halla en un lugar de excepción hasta el que se puede subir con un coche, aparcar fuera o en el aparcamiento de la casa, con dormitorios suficientes para una familia numerosa, al menos cinco habitaciones, una cocina y un portal abajo, un cuarto de baño y el sueño de esa terraza en la parte alta con vistas a la sierra más bella de Murcia, pero yo estaba viendo otra cosa, notaba la vida que me había ido dejando en los dormitorios, en el comedor y en la cocina donde tantas horas había acompañado a mis abuelos frente a la chimenea, mientras les leía un libro a petición suya  o simplemente los acompañaba en silencio en la entrañable ceremonia del fuego.

El fotógrafo quiso reflejar el entorno, las torres perfectamente reconstruidas del castillo, los tejados de las casas vecinas, la sierra al fondo, la del Cerezo al norte y la del Buitre al sur, y yo torné a contemplar escenas que la cámara no podría recoger nunca, porque pertenecían a mis recuerdos sentimentales. Las tardes del verano correteando por aquellas cuestas tortuosas de Las Torres y más tarde, cuando empecé a hacerme mayor, las charlas eternas con mis amigos del barrio desde aquella altura terapéutica que nos ayudaba a pensar y nos obligaba a la vez a tener los pies sobre la tierra.

La última foto fue como el último apretón de manos entre dos amigos que ya no volverán a verse. Yo, en cambio, a pesar de que vendo mi casa, no dejaré de verla nunca, aunque sea en la memoria del corazón.