PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

Una guerra sirvió de escenario para mi boda en el año 1991, La Guerra del Golfo, y otra guerra, en esta ocasión sorda, sin frentes claros, como una moderna lacra de violencia y muerte, ha servido para la celebración de los veinticinco años de casados, es decir, de nuestras Bodas de Plata, pero, claro, éste es un dato irrelevante, porque guerras ha habido siempre en cualquier lugar del planeta y, mientras unos hacían el amor, se bañaban descuidados en la playa, daban buena cuenta de una fenomenal paella de marisco o leían a la sombra de una noguera, miles de individuos se mataban como animales, extendían el pánico por sus países respectivos y obligaban a otros miles a marcharse en busca de lugares alejados y más tranquilos.

PASCUAL GARCÍA/FRANCISCA FE MONTOYA

Una guerra sirvió de escenario para mi boda en el año 1991, La Guerra del Golfo, y otra guerra, en esta ocasión sorda, sin frentes claros, como una moderna lacra de violencia y muerte, ha servido para la celebración de los veinticinco años de casados, es decir, de nuestras Bodas de Plata, pero, claro, éste es un dato irrelevante, porque guerras ha habido siempre en cualquier lugar del planeta y, mientras unos hacían el amor, se bañaban descuidados en la playa, daban buena cuenta de una fenomenal paella de marisco o leían a la sombra de una noguera, miles de individuos se mataban como animales, extendían el pánico por sus países respectivos y obligaban a otros miles a marcharse en busca de lugares alejados y más tranquilos.
De manera que no me ha afectado esta malhadada coincidencia, tan solo la he apuntado en mi cabeza y aquí, como una casualidad o como una imagen de lo que a veces es el propio matrimonio, una batalla campal en la que el hombre y la mujer, el esposo y la esposa se hacen la vida imposible sin motivos de peso, en apariencia, sino tan solo como si fuerzas oscuras y poderosas los empujasen los unos contra los otros de forma irremediable.
Que el matrimonio es una guerra, en ocasiones, repetida durante años ya no lo duda casi nadie, pero también hay lugar para los dulces armisticios y las paces placenteras, que la memoria guarda como reliquias delicadas y de las que se alimenta en los peores momentos. El amor y la guerra han caminado muchas veces juntos y han creado unas extrañas alianzas desde el inicio de los tiempos, como si ambos poseyeran los enigmas de una atracción inevitable.
El caso es que mi matrimonio ha durado felizmente un cuarto de siglo, mientras a mi alrededor iban deshaciéndose algunas uniones que en su día parecieron compactas e inamovibles. Y mi mujer y yo lo hemos celebrado a pesar de todas las guerras y de todos los inconvenientes. En su momento, a principios de enero, cambiamos el destino de París por el más seguro y cercano de Córdoba y realizamos el prodigio de reunirnos con dos parejas más que habíamos conocido en nuestro viaje de novios, intactas asimismo, unidas por el misterio del amor y la argamasa del tiempo. Fue memorable, pero París seguía aguardándonos y, un par de meses más tarde, nos olvidamos de los peligros y los inconvenientes, nos echamos la manta a la cabeza y mi mujer y yo nos fuimos sin dudarlo a la ciudad del Louvre y de la luz.
Conjuramos el peligro, apenas notamos la presión de la seguridad y gozamos de unos días espléndidos en la vieja capital europea de la cultura y el arte. Claro está que no olvidaremos nunca Bangkok, la populosa, exótica ciudad de nuestro viaje de novios, ni Lisboa, la romántica ciudad junto al Tajo, por cuyas callejuelas y en cuyas grandes plazas nos perdimos durante unos días, ni Madrid a la que hemos ido en varias ocasiones y que es como la casa de todos, de entrañable y cercana, de amistosa y popular.
Pero París es diferente a todas ellas y es única, no por la vastedad de sus avenidas y bulevares, por la monumentalidad de sus catedrales y de sus museos o por la exquisitez de su comida y la sabiduría de sus vinos, tal vez sea por el cielo, por el color ceniza de la atmósfera húmeda y apagada, la comodidad de sus hoteles y la lluvia desgranando su sinfonía nocturna y amorosa contra las ventanas de nuestra habitación abuhardillada, sus taxistas dicharacheros o la sombra de sus artistas malditos pululando por Le Quartier Latin, o porque el francés que me enseñó don Germán en Moratalla hace cuarenta años me sigue sirviendo para no sentirme demasiado extraño al otro lado de Los Pirineos.
¡Brindo por todo esto y por otros veinticinco años!