José Antonio Melgares Guerrero
Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz

Las grandes superficies comerciales, tan extendidas en nuestros días por toda España, con su forma de actuar en relación con el cliente, han acabado, o están acabando con la actividad de los almacenistas, o intermediarios entre el productor y el vendedor. Uno de los almacenistas que ejerció su actividad en Caravaca a lo largo de gran parte del S. XX fue Valentín Martínez Fernández, a quien pocos conocen por sus apellidos, y todos en la sociedad local con el apelativo cariñoso de Valentín el de las patatas, quien siguió el camino empresarial marcado por su tío Pedro el de las patatas, de quien heredó el negocio.


Valentín nació en 1933 en el seno del matrimonio formado por Félix Martínez y Antonia Fernández, ambos de Moratalla, quienes también trajeron al mundo otros tres hijos: Pepe, Maruja y Pedro, ocupando el segundo lugar de los cuatro. Poco después de casarse, el matrimonio decidió trasladarse a Caravaca, donde el padre era aparcero de parte de las tierras de la familia Martínez-Carrasco, instalando primeramente el domicilio familiar en la calle de las Carreras Altas y más tarde en las Puertas de Mayrena, Carretera de Moratalla y Los Ciruelos.

Con dos años marchó a vivir a Hellín con sus tíos Pedro y Josefa, quienes no tenían hijos, hasta pasada la  Guerra Civil en que los tres regresaron a Caravaca, volviendo al domicilio paterno. Su formación primaria tuvo lugar en el Colegio Niño Jesús de Praga de los PP. Carmelitas, junto al recordado P. Amado, donde coincidió con Pepe Lola, Valentín Leánte y Joaquín Andrés López Ruiz, entre otros, abonando los padres las mensualidades en metálico o en especie según se podía.

Tras la primera comunión se colocó en el comercio de comestibles que Antonio Martínez Romero tenía en la C. Canalejas, frente a la desaparecida Botica de las Columnas, por cuyo trabajo percibía un duro a la semana más el bocadillo del desayuno diario.
Con doce años lo reclamó su tío Pedro para ayudarle en el negocio de las patatas que acababa de abrir en la Carretera de Granada, junto a la desaparecida posada de Antonio el Celaor. Dadas las cualidades comerciales y organizativas del muchacho, su tío delegó en él todas las responsabilidades, convirtiéndose en adelante en el segundo de abordo y mano derecha del dueño.
Los años cuarenta y cincuenta fueron de escasez y racionamiento de alimentos, tiempo que los mayores recuerdan como la época de la posguerra. Las patatas para siembra las facilitaban empresas autorizadas por el Ministerio de Agricultura; entre otras: Propasi, Improver y Seico. El agricultor sólo podía quedarse con una parte de lo recolectado, estando obligado a vender el resto a un organismo nacional denominado CREPA. Dicho organismo controlaba la distribución y los precios para evitar abusos en el mercado.

Los picos de producción de daban en dos épocas a lo largo del año, coincidiendo con las recolecciones de julio y diciembre. A Caravaca y a Valentín, como a sus colegas almacenistas patateros Salvador Andréu (Igor) y Antonio Torrecilla, les llegaba mercancía desde Burgos, Vitoria y Palencia, y de esta última provincia de Aguilar de Campó y Herrera de Pisuerga en concreto, vendiéndose por el almacén de Pedro y su sobrino más de un millón de kilos en cada una de las dos campañas anuales.
También proporcionaban patatas a Valentín y su tío almacenistas de Murcia como los Alarcones, los Arroniz y José Nicolás Barba, integrados todos ellos en el Sindicato Nacional de frutas y productos hortícolas. Entre los productores agrícolas locales más importantes: Basilio Robles, Bartolo Castillo, la Casa Manero de Barranda y la Condesa de Reparaz Dª. Caridad Vaillant, quienes facilitaban la variedades más comunes en Caravaca: Arran Banner, Alfa, Utolate y Sergen entre las blancas, y Victor, Descree, Kerpin y Furore entre las encarnadas.

En el almacén, junto a Pedro y Valentín, trabajaban como contables Ginés García Andreu y Antonio Castaño, y como obreros temporales Los Calamañas (el Tinez y sus hermanos Antonio y Adolfo).

En compañía de sus íntimos amigos Santiago Polo Candel y Manolo Caravana, compatibilizaba el trabajo con la asistencia nocturna a clases de contabilidad, que impartía en su domicilio el maestro D. Pedro Martínez Navarro (Pedro el Rajao), y también en el aprendizaje de mecanografía en la academia de Salvador el de las Máquinas de la C. Mayor
Fue jugador de fútbol en el equipo local del barrio del Hoyo, junto a Juárez, el Gavacho, Pepe Capote, el Tinez, Fernando el del Molino, Tomás el Gamba y el Chavo, a quienes entrenaba Andrés el Chisme.

Aficionado a la música de cuerda tocaba el laúd y algo la guitarra en la Rondalla del Carmen;, y a los Caballos del Vino formando grupo con Manolo Caravana, Arturo y El Tomate, cuando El Tínez marchó a Francia, en 1969. También formó parte de la directiva del Bando, siendo presidente Pepe Lola, logrando la primera subvención oficial de la Diputación Provincial por importe de 25.000 pts.

Hizo el servicio militar en el regimiento de infantería Mallorca número trece de Lorca con otros siete de Caravaca, entre quienes recuerda a Francisco el Chaparro, Pascual el Cejas y Morenilla, siendo chofer del coronel del regimiento Andrés Criado Molina.

En 1959 contrajo matrimonio con su novia desde los 17 años Josefa Navarro Martínez, estableciendo el domicilio familiar en la C. de Murcia, frente al antiguo chalet de Juan Rico, donde nacieron sus tres hijos: Félix, Juan y Antonia, y a donde en 1984 trasladó el almacén incorporando al negocio de las patatas el de venta de plátanos.

Inicialmente Valentín utilizaba el ferrocarril para el envío de mercancía a Madrid y Toledo principalmente. Hasta Caravaca venían camiones desde Cartagena, Mazarrón, Lorca y Águilas a retirar género de su almacén, repartiendo también a comercios y particulares primero en una camioneta Chevrolet de cuatro cilindros y luego en tres furgonetas Renault Cuatro que fue renovando cada 7 u 8 años, siendo la última la matriculada con placa de Murcia 3466-P.

En 1998, con 65 años se jubiló a la vez que concluía la actividad comercial almacenista iniciada por su tío y seguida por él, acosada por las grandes superficies, como ya se ha dicho, y porque el camino laboral de sus hijos se dirigía a otros horizontes.

Presente en asociaciones religiosas como la Acción Católica, la Adoración Nocturna y los Cursillos de Cristiandad. Aficionado al fútbol y seguidor del Real Madrid, fueron sus ídolos los jugadores Puchades (del Valencia) y Alfredo Diestéfano (del Madrid). Gran aficionado, también, a los toros, fue admirador en su día de Luís Miguel Dominguín, Paco Camino, Diego Puerta, Curro Romero y Agustín Parra Parrita. Recuerda y presume de haber asistido al mejor espectáculo taurino habido en la historia de la Plaza del Egido: el mano a mano entre Manolete y Pedro Barrera.

En la actualidad con una memoria a prueba de entrevistas impertinentes como la habida con quien esto escribe, comparte su tiempo entre el largo paseo diario y el cariño de su mujer, sus tres hijos y sus cuatro nietos.