Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Estoy seguro de que les ha pasado a muchos y de que esto forma parte de las incomodidades que traen las vacaciones y la familia, sobre todo cuando ambos conceptos no se respetan. Aunque sigue sin ser justo y, desde luego, no es agradable en absoluto. Reconozco que la persona de la que escribo tiene un carácter reservado y muy suyo, pero nadie le negará el derecho a compartir y disfrutar de sus vacaciones con su familia, es decir, con su mujer y con sus dos hijos, muy a menudo en un estupendo paraje de la playa, donde gusta de ver el mar, gozar de la brisa húmeda, leer interminablemente e incluso  escribir a la orilla del agua. Con su esposa acude al mercado y compra durante el  día buen pescado, y fruta fresca, algún vino especial y helados. El resto de la jornada descansa, pasea, ve una película en la tele, duerme esas siestas de época, trasnocha mientras goza de la contemplación del cielo y del agua y conversa con su compañera mientras ambos fatigan el paseo marítimo en dirección al centro urbano donde aprovechan para hacer determinadas compras o ir al cine alguna noche.

Si el tiempo es oro en general, en el verano es un diamante de muchos quilates. Hemos agotado nuestras fuerzas durante el invierno, hemos llevado a cabo proyectos, empresas y esfuerzos varios, y al final de la primavera nos hallamos con el vigor justo para entregarnos a la tarea del descanso, del silencio si es posible, de la soledad o de la justa compañía, del retiro y de las actividades preferidas, porque el ocio consiste en hacer lo que nos agrada, ajenos a la impertinencia y al escándalo del mundo.

Pero mi amigo sufrió durante algunos años las visitas intempestivas de los políticos, no los del congreso de los diputados, sino los otros, los que nos acompañan de un modo inexcusable desde el día en que nos unimos en matrimonio  con la legítima. De su sagrado tiempo de estío una parte parecía reservada a ellos cada año, un dormitorio, un lugar en el sofá, las terribles molestias de unos ronquidos infrahumanos por la noche y a la hora de la siesta; el desayuno, la comida y la cena, y todo esto sin una fecha fija de término, pues venían y no anunciaban su partida, llegaban con un billete de ida solo y sin ánimo de regreso.

Hay que tener los nervios bien templados para soportar año tras año este robo a manos llenas de lo más sagrado de que dispone el hombre, las horas y la paz, su espacio y los días que ha conseguido durante muchas jornadas laborales, y ya no solo el dinero, que también es importante, sino el hurto descarado de la dicha y del asueto, de la intimidad con la pareja y con los hijos, del ejercicio placentero de la lectura y de la escritura, de la contemplación del mar y del paisaje humano.

Cierto es que algunas personas exhiben un celo excesivo de su privacidad y de su territorio pero las vacaciones son un espacio  exclusivo e irrecuperable como la vida que se va y nos han sido concedidas como un premio a cambio de tanto sacrificio, tantas horas vendidas al mejor postor, tantos madrugones dolorosos, tanta angustia por el trabajo bien hecho y, de repente, nos llegan unas semanas para nosotros solos, para hacer cualquier cosa que no hemos podido hacer el resto del año o para no hacer nada si es ese nuestro deseo, unos días que nos aproximan más a los nuestros, que nos reconcilian muchas veces con nuestra compañera o que, muy al contrario, nos abren los ojos al fin y nos conceden la certeza de que ya va siendo hora de cambiar el rumbo.

Por fortuna mi amigo dispone ya de todo su tiempo y ha logrado  reconciliarse con la holganza  y la ventura del verano.