PASCUAL GARCÍA

No recuerdo con exactitud la edad en la que concebí de un modo tácito pero firme mi proyecto de ser escritor; sé que fue muy pronto, porque aprendí a leer a los cuatro años, y casi de manera inmediata adquirí esa extraña y maravillosa enfermedad de la literatura. Ya he contado que mi vecino, Jesús el Caramelo, me regaló mi primer libro, Rosas sin espinas, que aún conservo, pero a los periódicos, con los que tanta relación habría de tener en mi edad madura, solo pude acercarme de vez en cuando a los que había en la barbería del Agustín, donde me llevaba mi  padre a cortarme el pelo desde muy pequeño.

Nunca me he manejado muy bien con el formato de hojas grandes y descabaladas de los clásicos diarios, acostumbrado como estaba al trato más cómodo de los libros.  Aun así, sentí siempre una curiosidad enorme por este género de la comunicación, donde se dice que se han escrito los mejores textos en español del siglo XX.

Yo no diría tanto, pero no puedo negar la atracción por un puñado de papeles arrugados y desordenados desde muy pequeño, mi deseo recóndito y lejano de estampar mi firma en un futuro bajo uno de aquellos interesantes textos periodísticos, y tal vez con mi foto presidiendo la columna. Todo era, en realidad, parte de un mismo deseo, la mágica fascinación que sentí siempre por el mundo de la palabra y que me condujo a leer cientos de títulos y a escribir cientos de textos y algunos libros.

Evoco ahora la ocasión en la que mi padre me dio a elegir entre un tebeo o cualquiera de los periódicos que se alineaban en la ventana y mostrador del kiosko del Labiopartío; no dudé en elegir El Caso , desaparecido hace años, y que concitaba el morbo natural por las bajas pasiones humanas y un cierto espíritu subversivo que despertaba el interés de aquella oposición política  española omnipresente y silenciosa. Me lo llevé a casa y estuve leyéndolo durante semanas.

Y luego sucedió el episodio del periódico artesanal El Problema, que fundó un estudiante renegado de una familia muy adinerada del pueblo y que me atrajo de un modo casi enfermizo desde el principio. Escribí un artículo, se lo dejé a un amigo para que se lo hiciera llegar al dueño del periódico por pura timidez y un día, semanas después, apareció impreso el artículo, en efecto, pero firmado por mi amigo. Con el paso de los meses, sucedió una escena que no podré olvidar nunca. La profesora de literatura de segundo de BUP mandó la redacción de unos textos con vocación literaria y mi amigo durante una de las clases, le fue leyendo el artículo apócrifo, que me había robado por toda la cara.

Pero la venganza, desde luego, es un plato que se sirve frío y a veces lo sirve el destino de una forma enigmática. De hecho, estuve a punto de protestar de manera airada ante aquella  vergonzante usurpación de autoría, pero me contuve porque la profesora comenzó a corregir de manera sistemática, despiadada, con autoridad  y con toda la razón del mundo el artículo que le estaba leyendo el otro. Hizo una disección tan pormenorizada y exacta de los errores del texto que yo fui lentamente encogiéndome, casi desapareciendo de la escena, pues el artículo lo estaba leyendo el otro y, de hecho, había tenido el atrevimiento y la desfachatez de firmarlo.

Han pasado más de cuarenta años y hace mucho que colaboro con gusto en la prensa, en revistas especializadas de literatura, nacionales e internacionales, y en la sección de opinión de algunos periódicos que por aquel entonces yo miraba solo de lejos, con envidia y con muchas ganas de verme en sus páginas.

Que yo sepa, mi amigo de entonces no ha vuelto a escribir nada. Y sí, esto es una venganza en toda regla.