FRANCISCO SANDOVAL

Las murallas del castillo de Caravaca presentan una heterogeneidad fruto de su largo devenir en el tiempo y de las numerosas intervenciones llevadas a cabo. Diferentes torreones la flanquean, pero no todos se han conservado de la misma manera. Voy a detenerme en aquel que se encuentra entre la torre de las campanas y la torre de la puerta primigenia, no el portón actual, sino la que cruzó Fernando el Católico en julio de 1488, y que se sacó a la luz de nuevo en 2010. Y es que no podemos negar que en la muralla queda la huella de un conglomerado de acontecimientos.

A medida que subimos el último tramo de la cuesta del castillo, la muralla se nos va acercando más y la vía se va estrechando. Llegados a cierto punto aparece un torreón de planta rectangular con un escudo a mitad de él. Se trata del blasón del maestre santiaguista Lorenzo Suárez de Figueroa y data de finales del siglo XIV. Sin embargo, el muro en el que se encuentra tiene poco más de cien años.

Hoy, las murallas tienen dos torreones de sección semicircular: la de las campanas (donde se encuentra el reloj) y la de San Juan (de la que cuelga el pañuelo rojo de grandes dimensiones cada 2 de mayo). Pero hubo una tercera con esa característica curva que repelía la munición de la artillería mejor que las torres cuadrangulares del período medieval temprano, y no es otra que la torre donde hoy está el blasón. Con forma semicircular aparece en todos los planos conocidos del siglo XIX. Pero en una foto del Catálogo Monumental de González Simancas ya aparece recortada, de planta rectangular, como en la actualidad. Este catálogo se elaboró entre 1905 y 1907, y como no consta proyecto alguno de la intervención, solo podemos elucubrar cuándo se transformó esta torre. Sabemos que en el último tercio del siglo XIX no se encontraba en muy buenas condiciones, sufriendo incluso derrumbes que no serían solventados con diligencia dado que por aquel entonces el titular del castillo era el Estado, y aunque correspondían al ayuntamiento las reparaciones, conocidos son por diversos autores los problemas que aquello trajo.

En cualquier caso, no parece que el lugar original de este blasón fuese ese torreón. Que algunos emblemas y escudos fueron cambiados de sitio con el tiempo está demostrado. Por ejemplo, la cruz de Santiago que hay sobre el arco de entrada a la fortaleza caravaqueña aparece en el Catálogo de González Simancas (1907) ubicado sobre la puerta de la Torre de la Tosca (o del Comendador), donde hoy hay una cafetería. Precisamente esta torre, según el Doctor en Historia Diego Marín, la mandó reedificar Lorenzo Suárez de Figueroa a finales del siglo XIV y poseía dos blasones de su linaje sobre la puerta, además del mencionado de la Orden.

Volviendo sobre la torre recortada, no conocemos con exactitud hasta qué punto alcanzó su derrumbe en el último tercio del XIX, pero es lógico pensar que su reconstrucción se hiciese con el perfil recortado que hoy muestra para ensanchar la cuesta del castillo, ya que su excesivo saliente seguramente provocaría un cuello de botella más pronunciado que el existente en la actualidad.

De forma anecdótica, si nos fijamos atentamente en la foto que acompaña este artículo, veremos que la arista sobre el vierteaguas pétreo no es recta, sino que tuerce ligeramente su directriz como muestra del arranque de la curvatura que un día tuvo. La torre, además, no es

totalmente vertical, sino que está ligeramente ataluzada. Esto genera que el escudo esté más expuesto al agua de lluvia de lo que estaría en su posición original.

Todo esto nos recuerda lo importante que es dejar constancia de las intervenciones en un edificio histórico. En el proyecto de restauración de la portada y cubiertas de la Basílica de la Vera Cruz se expone la necesidad de crear un Plan de Mantenimiento del Monumento, una herramienta que ayudaría a la comprensión de estas cuestiones y a la correcta conservación, y que recogería los nuevos datos que vamos conociendo sobre el edificio. Para este artículo me he documentado con el libro “La encomienda de Caravaca en la Edad Media”, de Diego Marín, que es un excelente aporte a la historia de nuestra ciudad y del monumento.

En definitiva, el emblemático monumento caravaqueño hay que seguir investigándolo y conociéndolo en profundidad, pues de esta manera no solo tendremos una experiencia más rica al visitarlo, sino que también podrá ofrecer al turista más elementos interesantes. Lo narrado aquí sobre un torreón no es solo una anécdota, sino que reúne junto a la puerta primigenia y la torre del Comendador unas características comunes susceptibles de explotarse con un debido proyecto de puesta en valor. El acceso al castillo puede ser mucho más que un acceso, puede recobrar la identidad de cuando Caravaca aún era tierra de frontera.