Pedro Antonio Martínez Robles

Un día de 1966 mi madre me llevó al hospital que había junto al colegio de monjas, en la calle de Los Santos. A aquello le llamaban hospital, pero a mí me parecía, más bien, una casa cuya única luminosidad procedía del fondo de aquella destartalada edificación. Recuerdo un pasillo, nada más entrar, con puertas cerradas a ambos lados, y un consultorio al final, amplio –o al menos a mí así me lo parecía– y lleno de luz, con unos grandes ventanales de cuarterones, tal vez blancos, que daban a las huertas de El Molinico. No sé si mi memoria es capaz de reflejar con absoluta fidelidad la disposición de aquel despacho médico (la mesa al fondo, a la derecha, y junto a la mesa el típico armario acristalado con los instrumentos sanitarios al uso), pero lo que jamás olvidaré es la brutal extracción de mis amígdalas. Entre los aparejos quirúrgicos que mi memoria guarda de aquel día reconozco unas tijeras largas, dobladas en la punta y un aparato metálico con todo el aspecto de desempeñar la función de mantener la boca abierta y que no llegaron a ponerme. No recuerdo terror, ni siquiera un leve temor, y no quiero decir con esto que no lo sufriera, pero no me acuerdo; de lo que sí me acuerdo es de aquella luminosidad solar en el consultorio que contrastaba con la penumbra del pasillo, y de los ventanales, y de la mesa del médico y del armario acristalado con los utensilios sanitarios, y de que más poderosa que el miedo, era la curiosidad que me invadía en aquellos momentos, la expectación, y la confianza de que llegué allí de la mano de mi madre, sabiendo que ella no habría de llevarme a ningún lugar que pudiera dañarme. Yo observaba con cierta aprensión aquel aparato para impedir que pudiera cerrar la boca mientras manipulaban en mi garganta, y que finalmente no usarían conmigo, y miraba las tijeras largas de punta curvada y otros instrumentos que ya no recuerdo muy bien, y miraba la luz y la ventana blanca de cuarterones, y miraba a mi madre y al médico, y pensaba que no iba a pasar nada, hasta que envolvieron mi cuerpo de siete años en una sábana para inmovilizarme, para que no braceara, como si fuera una camisa de fuerza, y con una determinación inapelable, aquel médico introdujo las tijeras largas y curvadas en mi boca, llegó hasta mi garganta y de dos tijeretazos cortó aquellas amígdalas que tantos procesos febriles me producían a mí y tantos desvelos a mi madre. No hubo anestesia, no hubo preparación, no hubo delicadezas. Nada. Después de aquella traumática experiencia mía, en aquel hospital (o en aquella casa con nombre de hospital) continuaron pasando consulta los médicos durante algunos años, hasta que finalmente fue clausurado y abandonado y en él, decían, acabaron medrando las ratas de la acequia de El Pasico. Nada queda hoy de esa casa sanitaria, derribada finalmente para abrir una calle amplia y luminosa por la que a veces paso sin acordarme ya de aquella mañana de 1966. Una calle amplia y luminosa sobre la que sigue cayendo el mismo sol de hace 54 años y cuya luz, la de aquel remoto día, me sigue pareciendo más poderosa que la de hoy; quizá porque a esa edad en que aún andamos descubriendo las cosas de la vida, sus sabores y sus sinsabores, no solo tenemos los ojos abiertos, sino que además dejamos entrar en ellos la claridad.

 

 

 

 

 

26 de julio de 2020