JUAN GARCÍA FERNÁNDEZ

FOTOGRAFÍA: ANTONIO MARTÍNEZ LÓPEZ

Viejos caminos, viejas historias es la última obra del escritor caravaqueño Jesús López. Se trata de un recorrido en primera persona donde el narrador pasea por los viejos caminos que unieron los límites de las actuales cinco provincias de Murcia, Albacete, Jaén, Granada y Almería a través de las montañas, desde la Cuesta de los Amontaores de Caravaca hasta Fuente Hermosa, en los confines de la sierra y reflexiona sobre los más diversos aspectos de la vida cotidiana del mundo rural, equipara parte de este viaje espiritual al de San Juan de la Cruz y sus frailes que los recorrieran allá por el siglo XVI y deja aflorar sus propias experiencias. Aparecen en él los viejos y perdidos oficios de los carboneros o los abastecedores de pozos de nieve, las palabras “terruñeras” (que dirían los miembros de la Generación del 98),  historias de sucesos reales o imaginarios que se contaban por la sierra, nombres propios de aldeas y caminos perdidos ya hasta de los mapas y, ante todo, vida, mucha vida latiendo a cada paso. Hay múltiples elementos tanto de uso del lenguaje como de técnica literaria y temas que lo conectan con el mejor Delibes, el Cela de Viaje a la Alcarria, Unamuno, Azorín e incluso el John Berger de Puerca Tierra.

Asistentes a la presentación del libro de Jesús López

Asistentes a la presentación del libro de Jesús López

El autor, manteniendo esa voz propia, única, tan personal de su anterior novela, ha evolucionado depurando su estilo y alcanzando un tono lírico, contenido, pleno de evocaciones y sugerencias, que va mucho más allá de aquella primera obra y conecta Viejos caminos, viejas historias con el difuso terreno que limita entre la prosa poética y la reflexión ensayística. Prescindiendo de los artificios literarios, ha preferido Jesús lanzarse valientemente a la escritura en primera y segunda persona en un constante diálogo con el lector y ha desinflado el argumento para centrarse, mediante el despojo de lo accesorio, en la esencia sustantiva y verbal, al modo de Miguel Espinosa. Para ello, alterna la descripción (elevando la jerga técnica de la geografía y la geología a categoría de lengua literaria), la reflexión sobre el camino, las pequeñas historias más o menos breves y el subrayado de nombres propios: esa amalgama indisoluble es una de las claves principales para una lectura profunda de la obra.

El protagonismo pertenece al mundo rural perdido de las fuentes y ríos, las plantas, los animales, que se convierten en un todo, en una especie de “panteísmo natural” al que la voz narrativa está íntimamente ligada. Pero ante todo son fundamentales los hombres que construyen y caminan los senderos o que viven en los lugares que estos unen y protagonizan las “viejas historias”, que responden al modelo plenamente establecido en su primera novela. Se trata de la figura del serrano y de su entorno, absolutamente opuesta a una visión costumbrista o romántica o a la parodia aunque muchas de las historietas narradas se presten a la sonrisa. Jesús vuelve a reivindicar la figura del hombre del campo, de pocas palabras y mucho trabajo, esforzado y con rasgos de nobleza natural, especialmente hospitalario, con pocas letras y muchas luces, en absoluto inculto, pues su cultura y conocimientos técnicos profundos de los oficios que ejerce son vastos y su vocabulario y registros amplísimos, casi ascético o ermitaño pues vive en cortijos y aldeas aislados de pocas o una sola familia, cuya relación con los animales, las plantas y el monte es simbiótica, de cooperación mutua (si bien la obra está muy lejos de poder catalogarse como “novela ecologista”), o de enfrentamiento encarnizado con ellos, maltratado por el entorno histórico, social y natural. No hay espacio para una Arcadia o Edad de Oro. No se elevan a la categoría mitológica o tópica (no hay “buen salvaje” ni “beatus ille” ni “menosprecio de corte”) sus personajes porque no lo necesitan, son personas de carne hueso, que vivieron o viven todavía, con nombres propios y que al autor le cuentan o protagonizan ese caleidoscopio de historias que surge a partir del recorrido por los caminos y aldeas.

La novela se mueve en esa tensión constante que queda patente entre el campesinado pobre y el señoritismo rico, entre José del Nevazo, Joaquín el Piojo, Antonio del Calarico o Teodoro de Turrilla y los “tíos de los despachos”, entre Benámor, el Pajarejo, Hondares, Fuente Mellina y otros lugares con nombre propio y la ciudad lejana. También explícitamente le presta especial atención a la figura de la mujer. En el libro aparecen muchachas jóvenes o venerables ancianas que se niegan a casarse con quien les obligan, que realizan durísimos trabajos, que ocultan a sus maridos y hermanos cuando son perseguidos porque no quieren ir a la guerra o porque sufren la represión posterior o porque contrabandean con aceite, que cuidan al que le ha abierto la cabeza la coz de un burro espantado o le ha pillado una nevada en plena noche:

Viejos caminos, viejas historias es, como digo en el título, una joya literaria de la que nadie debe perderse el placer de disfrutarla. El autor, sin idealizaciones ni críticas gratuitas, expone todo lo positivo y negativo que implicaba aquel modo de vida en la época concreta de su infancia y juventud, fuera de todo juicio, tratando de abarcar desde los más miserables aspectos hasta los más brillantes y reflexionando con el sosiego de quien ha acumulado ese tesoro de múltiples experiencias y ha sabido darle una hermosísima forma literaria, con añoranza, pero sin tristeza. Jesús se está contando a sí mismo, es verdad, pero, al hacerlo, también nos está narrando a nosotros, herederos de estas tierras, de estas aldeas en ruinas, estos montes y estos caminos.