Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Era habitual en mi barrio, y en otros barrios también, en aquellos remotos años de mi infancia, que algunos vecinos estuviesen disgustados durante un tiempo más o menos largo, aunque solo fuese por razones nimias, y que no se hablasen las familias, ni siquiera si se encontraban cara a cara en la misma calle. Habían tenido unas palabras, se comentaba, no se llevaban bien y, aunque no habían llegado a las manos nunca, esta era otra expresión de aquel tiempo, se habían retirado la palabra y no se trataban. A veces vivían puerta con puerta y debían verse cada día, pero se las apañaban para mantener el riguroso estado de su desavenencia. Asimismo los descendientes y el resto de la familia heredaban la discordia y su malquerencia, en ocasiones durante generaciones hasta que algún pequeño acontecimiento volvía a unirlos como si nada hubiera pasado.

Solía ocurrir en las desgracias y en los funerales; el buen corazón obligaba ante una calamidad cualquiera a echar mano del olvido y a otra cosa mariposa. No era en puridad el perdón, que por aquellos días y en mi barrio apenas se conocía, era simplemente el deseo profundo e inconsciente de que   se restituyera el buen trato, la palabra amable, el saludo cordial, e incluso unos minutos de conversación distendida de vez en cuando. Los hombres volvían a darse los buenos días cada mañana y las mujeres   tornaban a barrer la puerta de la vecina, porque no les costaba trabajo y porque por una buena vecina merecía la pena sacrificarse. Uno escuchaba sin atender en exceso los escarnios y vituperios del principio y los parabienes y congratulaciones del final, y se percataba de que todo pertenecía a un mismo juego, de que la gente se incomodaba y se reconciliaba atendiendo a un sutil e invisible ciclo social, al bienestar de la estaciones, al aburrimiento, a la hartura del constante trato amistoso o a una infinidad de pequeñas causas que determinaban las pequeñas peleas de barrio.

Rara vez llegaba la sangre al río, aunque no se descartaba tampoco algo de sangre, sobre todo entre los hombres que llevaban herramientas en los bolsillos y en las manos y cuyo genio parecía bastante más vivo y peligroso. Las mujeres preferían cogerse de los pelos, arañarse la cara, pellizcarse con fuerza mientras despotricaban e insultaban sin parar mientes.

Y luego se hacía el silencio, un silencio denso, culpable, oscuro, un silencio de tragedia o de drama rural. Las vecinas cerraban sus ventanas por donde habían atisbado el decurso de la algarada y volvían a sus labores. Durante unos días o durante unas semanas nadie hubiese dicho que la sombra de la disputa seguía oscureciendo el aire de aquellas calles donde una palabra más alta que otra constituía el inicio de una nueva crisis, se respiraba la serenidad  bucólica de un armisticio, aunque todos sabíamos que la tormenta no había descargado del todo el oneroso fardo de los reproches, los gritos y las injurias, porque durante años había estado gestándose aquella contienda vecinal y quedaba mucho por decir y por gritar, mucho por reconvenir y un fondo generoso de denuestos intacto listo para ser disparado contra los adversarios.

Los descendientes ya nacían marcados por la antigua controversia y estaban obligados a proseguir con el ejercicio fastidioso de mantener una memoria emponzoñada para que con el paso de los años nadie pudiese olvidar la añosa refriega. Era el estigma de la familia y no tenían más remedio que perpetuarlo en las generaciones venideras.

Ignoro con cuánta frecuencia continúan produciéndose estos altercados pero sospecho que de un modo lento y constante nos hemos ido civilizando hombres y mujeres, a pesar de nuestras viejas rencillas bélicas, y mientras asistimos al espectáculo televisivo casi diario de esas incalificables  querellas previamente pactadas y bien retribuidas que tal vez satisfagan suficientemente nuestra atávica sed de sangre.