Guzmán Ortuño Pacheco/Catedrático de Medicina de la UMU jubilado y Presidente de Honor de la Real Academia de Medicina de Murcia

‘El hombre de la penicilina y otros relatos’ completa una trilogía de Ignacio Ramos, dedicada al mundo rural y su cultura, junto a la ‘La hermosa y dura tierra’ y ‘Ultima siega de Nazario Sánchez’.

En una emotiva y fría noche Navideña del año de 2010, en Barranda, pueblo natal del autor, participé en la presentación del primero de sus libros ‘La hermosa y dura tierra’, una hermosa novela de  cultura rural, que narra los amores de Antonio e Isabel, amores apasionados y trágicos con secuelas en el tiempo, que van atrapando al lector en un relato que engancha y hace que busques el desenlace, con anhelo. El autor, a la vez, va intercalando como telón de fondo, variopintos personajes del pueblo de ‘Barronia’ y de sus alrededores, de sus trabajos, de sus costumbres, de su manera de hablar y de sentir, y en definitiva de su idiosincrasia. Con ser el relato dramático muy sugerente y bien estructurado, el autor nos dejaba, por así decirlo, con la miel en los labios, al avisarnos que a partir del capítulo 38, renunciaba a contar, entre otras cosas, las vicisitudes de la escuela, la desgracia del pobre Perico el tonto, la suerte de Antonio el Púa e incluso otros amoríos, y añadía  que la renuncia incluía a toda la hojarasca que adornaba sus apuntes, para dejar las ramas peladas de los acontecimientos que condujeron al drama. Ya entonces avisé a Ignacio que adquiría una deuda con todos nosotros, pues queríamos enterarnos de lo que el llamaba hojarasca. Al fin, ha llegado la hora, gracias a la editora ‘La fea burguesía Ediciones’, que acertadamente dirige Francisco Marín, tenemos una deuda saldada, y en nuestras las manos el libro que describe, en breves historias, los afanes de diferentes personajes que habitaron aquellas tierras, para culminar con el último de ellos, ‘El hombre de la penicilina’, que constituye una auténtica novela, y narra la aventura de un joven médico para salvar la vida de una joven mujer con el antibiótico recientemente puesto en botica, la penicilina, que si bien descubierta por Fleming en el 26 no fue fabricada hasta el año 1943, con unas enormes limitaciones de uso debido a su escasez y por otro lado su conservación y escasa duración de sus efectos en el paciente, que exigían una administración intramuscular cada 4 horas.

Son relatos dramáticos muy sugerentes, con una prosa cinematográfica que cualquier director podría llevar al cine sin apenas ayuda de guionista; como telón de fondo esa cultura rural que atesoramos, cincelada en recuerdos de la infancia, que es una hermosa tradición, auténtico depósito de una sabiduría acumulada, que nos sirvió para explicar el mundo y nos facilitó una conciencia de arraigo y una seguridad psicológica, con valores tan importantes como la austeridad, el esfuerzo y la sinceridad.

Para llegar a tener conciencia de nuestro ser se necesitan los recuerdos, que rescatamos gracias a la memoria, una necesidad de todo ser humano de la peregrinación interior, para reencontrarnos. Esto es lo que ha realizado Ignacio Ramos en sus relatos con una metodología que me parece acertada: por un lado  su habilidad para amalgamar relatos aparentemente dispersos en el crisol de su prosa, que es con frecuencia prosa poética, y, por otro lado, su capacidad de admirarse, de sorprenderse.

Ignacio Ramos describe circunstancias y hechos aparentemente sencillos pero delicadamente aprehendidos, sentidos, hasta el punto que el lector, animado con el lirismo de su escritura descubre prodigios donde todo parecía obvio.

Es novela que leerán dos veces al menos, la primera para llegar al desenlace de los diferentes relatos, pues una vez comenzada su lectura te engancha hasta el desenlace, y la segunda, para recrearse con su doble lenguaje, por un lado el del relato culto y por otro el habla de sus protagonistas, que sirve para conocerlos y describirlos, tan bien enlazado uno con otro que no pierdes el hilo hasta el final de las historias.

Disfrutarán con su lectura.

Gracias.