Pascual García (pasgarcia62@gmail.com

Se me ha quedado para siempre en mi memoria sonora aquel terrible y desagradable estruendo de la máquina de coser de mi madre, que solía despertarme al amanecer algunos días. No era, desde luego, crueldad gratuita, sino todo lo contrario, necesidad laboral y económica.

Mi madre cosió, en general, durante toda su vida, como tantas otras mujeres, que trabajaron fuera y dentro de casa, tanto o más que su esposo, porque, en una época de escasas oportunidades para la mujer en el trabajo, se las ingeniaron para no parar en toda su existencia y, tragándose su orgullo, faenar en condiciones abusivas y cobrar una miseria por sus encargos. Era, ahora lo sabemos, el principio de la economía sumergida, pero vivíamos un tiempo en el que casi todo permanecía en la oscuridad y bajo mínimos y nadie se escandalizaba por ello.
Mi madre cosió de todo, con la esperanza de echar una mano en los haberes familiares, de contribuir a las arcas domésticas, aunque ahora que lo pienso, mi madre trabajó, sobre todo, porque no podía concebir su existencia sin hacer nada.
Así que recuerdo muchos amaneceres con el estrépito chirriante y metálico de la singer bregando a todo trapo, nunca mejor dicho, con mi madre aplicada a los pormenores de aquella labor por la que siempre había sentido curiosidad de niño. La aguja bajaba y subía a una velocidad de vértigo e iba trazando su pespunte mágico sobre la tela que mi madre movía con soltura y pericia.
Ahora bien. Desde la cama, mi sueño de adolescente cimarrón sufría el atentado terrorista de un despertar abrupto, que ni siquiera en el servicio militar, bastantes años después, padecería en ese grado. Mi casa era grande, pero destartalada y vieja, y mi madre no disponía de un cuarto de costura, y su máquina de coser había sido instalada en aquel dormitorio donde pasé las noches de un buen número de mis años jóvenes, con mi madre aplicada a la tarea de obtener un beneficio tan necesario en aquellos días de verdadera crisis, que Moratalla, por cierto, no ha dejado de conocer y de soportar siempre, ahora que tan de moda se ha puesto, como si se tratase de una novedad y no de un estado perenne, en el que nos hemos criado, al menos, los de mi barrio.
La crisis, la infancia y la banda sonora de muchos hogares en esos años fue el traqueteo escandaloso y ensordecedor de una máquina de coser accionada por los pies femeninos, pero vigorosos, delicados, pero obstinados de una mujer que debía poner su grano de arena para sacar adelante a los suyos y sobrevivir pese a todo.
A una mujer así no la para nadie, porque está peleando por su casa y por sus hijos y se convierte en una leona defendiendo su camada, en una fiera luchando a brazo partido contra los elementos y contra el destino mismo.
De manera que yo escuchaba el estallido de pedales y campanas desacompasadas justo al lado de mi oreja, me revolvía en la cama ya despierto y contrariado y no tenía más remedio que aguantarme, mantener la calma durante unos minutos que se hacían eternos con la esperanza de que cesase de un momento a otro aquel suplicio, aquella tortura.
Luego me levantaba y me preparaba para irme a la escuela.