FRANCISCO SANDOVAL GÓMEZ
Decía Camilo Boito, arquitecto y crítico de arte de finales del siglo XIX, que un monumento posee un valor documental insustituible. Más allá de la apreciación artística de un edificio histórico encontramos en él un testigo del tiempo, un «cronista en piedra». Nos ha calado la idea de preservar, restaurar y revalorizar nuestro patrimonio histórico artístico en los últimos años, un valor que va más allá de lo estético. En Caravaca tenemos un rico casco antiguo salpicado de monumentos y edificios insignes que nos recuerdan lo acontecido en otra época. La Casa de la Encomienda es buen ejemplo de ello, fue el lugar donde se almacenaba el grano, el vino y otros víveres procedentes de la actividad agrícola de la zona. Se guardaban los equinos y se cobraba el impuesto de la Tercia.
Este edificio sito en la calle Rafael Tejeo ha caído en la ruina, pues aunque su fachada conserva el alzado completo, en el interior nada queda que nos indique cómo era el gran patio con balaustrada de madera que llegó a tener. Sí se conserva el zaguán, una pequeña parte del corredor principal y las bodegas. 91 tinajas se guardan de las 120 que llegó a albergar una de las Encomiendas más ricas de la Corona de Castilla. El edificio contaba con establos y muchas de las dependencias estaban destinadas al almacén y gestión de los recursos. Cierto es que el comendador tenía su residencia temporal aquí, pero no se concebía como un palacio al uso, pues de hecho la sala del balcón principal fue destinada a granero durante mucho tiempo. Un aspecto interesante acerca del funcionamiento del inmueble es que la fachada original poseía un solo acceso (el principal de la portada que vemos hoy día), por lo que el zaguán era compartido por las bestias y el señor. Una vez en el vestíbulo una puerta a la izquierda dirigía a los animales hasta el patio, establos y bodegas, y unos peldaños (conservados actualmente como en su origen) comunicaban las estancias para los señores a una cota más elevada.
En el siglo XX el edificio sufrió numerosas modificaciones, con la división del mismo en tres viviendas. Los techos de alfarjes han desaparecido de algunas habitaciones del ala sur, aunque se conserva bastante bien el del zaguán. Aparecieron tabiques y falsos techos donde no los hubo. Se introdujeron además materiales con ciertas incompatibilidades con los tradicionales, como las fábricas de ladrillo y el hormigón moderno. La fachada es uno de los elementos que poco tienen que ver con lo que nuestros antepasados contemplaron, pues solo la portada labrada en piedra y el balcón superior son originales. Algunos huecos en fachada como las ventanas del desván conservan también la tipología tradicional, sin embargo son evidentes las modificaciones en los accesos que fueron abiertos en planta baja. Pese a lo que pueda pensarse tras un vistazo, la primera planta no responde para nada a la tipología original. Solo el balcón central existía, en los huecos laterales a uno y otro lado no había, con anterioridad al siglo XX, ni molduras ni balcones. En el libro de visitas de la Orden de Santiago a Caravaca, en el Archivo Municipal, puede leerse en la visita de 1804 la siguiente cita acerca de la sala del balcón central:
«una ventana de dos ojas con su balcon de hierro que cae encima de la puerta de la calle, y al lado de el una bentana con su rexa de hierro y dos redes de arambre con sus postigos, con techumbre de tablazon cuya sala sirve de granero».
Resulta evidente que al poseer una reja en la jamba la ventana no servía como balcón. De hecho éstos ni tan siquiera están al mismo nivel, pues los huecos no fueron diseñados para que se pasara a través de ellos, y desde el interior se observa que no llegaban hasta el suelo por unos 20 cm.
Por analogía con otras casas solariegas caravaqueñas, vemos que la fachada con un solo balcón central y ventanas a los lados es el diseño genuino, y como ejemplo tenemos el palacio de los Otálora o Casa de la Cruz. En el interior, la Encomienda tiene también otros rasgos de la arquitectura tradicional de la zona, como es la caja de escaleras ubicada tras una puerta.
La Casa de la Encomienda ha perdido las crujías norte y este, su fértil huerto es hoy un solar, y no es posible la apreciación a simple vista, como antaño, de un espacio estructurado alrededor de un patio. Toda esta información viene recogida en las crónicas que dejaron por escrito los visitadores de la Orden de Santiago, y que nos describen el inmueble. Nos enfrentamos pues ante la disyuntiva que se comenzó a plantear en materia de restauración a finales del siglo XX: «cómo fue y cómo es», en relación al edificio que nos atañe. Las circunstancias han motivado que hoy veamos un edificio diferente al que se concibió, del que se conservan elementos originales entre tanto pastiche.

Criterios de restauración
Para resucitar al edificio es indispensable tener en cuenta unos criterios y preceptos básicos sobre su historia y morfología. Desde el punto de vista de la restauración objetiva, caer en el llamado «falso histórico» sería un error imperdonable, pues no podemos tergiversar la lectura original de los elementos. Esto sería, ni más ni menos, reconstruir cómo pudo ser, utilizando técnicas similares como muros de mampostería o rehacer el patio apoyándonos en lo que las crónicas cuentan. Tal acto sería una farsa, una falsificación que quizá no podríamos si quiera calificar de copia, pues la realidad es que no sabemos cómo fue exactamente aquello que desapareció, tan solo conocemos el concepto de lo que hubo. Esta reflexión nos lleva a completar el «cómo fue y cómo es», planteando el «cómo va a ser», como punto de partida para la elaboración de un proyecto de rehabilitación. Si rechazamos el falso histórico debemos admitir que «cómo fue» y «cómo va a ser» serán dos conceptos totalmente distintos. Aquello que desapareció para siempre ya no puede ser recuperado con detalle, pero sí podemos dejar la patente de haber conocido su concepto estructural, lo que nos llevará a imaginar cómo va a ser el edificio: la actuación pasaría por consolidar lo original existente y evidenciar el añadido. Si reconstruimos, que sea para complementar, no para imitar.
El empleo de materiales modernos, por ejemplo, es una buena manera de diferenciar lo original y lo reconstruido. No hay acto más sincero, pues las generaciones posteriores entenderán la premisa de nuestra actuación, esto es, volver a dar vida a una ruina desde la perspectiva moderna, recordando su pasado pero a su vez atendiendo a usos contemporáneos. Y es que es básico otorgar un uso adecuado al edificio a restaurar, pues de lo contrario seguirá inerte. Si la Casa de la Encomienda se convirtiese, por ejemplo, en un centro de estudio, lectura y arte se generaría un foco de atracción a la vez que se descongestiona la Biblioteca municipal en épocas punta.
Hay otros conceptos a tener en cuenta. El edificio nunca está aislado, se relaciona con su entorno. No es casualidad que frente a él la calle se ensanche en su recodo. El objetivo sería recuperar el espacio ocupado por los vehículos para las personas. El arquitecto Gustavo Giovannoni relaciona a principios del siglo XX el uso interno de los edificios con el uso del espacio público, particularizando además que en los cascos históricos se hace indispensable para que éstos no sean solo un decorado escenográfico, sino una parte activa en la vida de la ciudad.
En un edificio declarado ruina, los avatares del tiempo y el uso futuro se compaginan de la misma forma que los criterios de restauración se establecen a raíz de su historia, a través de un proyecto que lo engloba todo, desde estudios constructivos y estructurales hasta sociológicos. Ese ha sido el guión de análisis de la Casa de la Encomienda, un paso previo para su posible intervención. Restaurar es atender unas necesidades establecidas tras un diagnóstico, y para cada edificio el análisis es diferente. Cada vetusto inmueble tiene una historia que contar, lo fascinante es que en nuestras manos está mostrarla.