Pedro Antonio Martínez Robles

Mi padre siempre hablaba de su madre con mucha consternación; cuando hablaba de ella lo hacía con una sensibilidad muy notoria, casi al borde de las lágrimas. Mi padre perdió a su madre cuando ella tenía 37 años y él apenas 17. Fue el día 31 de mayo de 1945, era jueves de Corpus Christi y al pasar la procesión ante la puerta de la casa donde acababa de fallecer mi abuela Pura se hizo un silencio absoluto. Perder a los padres es siempre un drama, pero perderlos en la adolescencia debe producir un dolor irreparable. Aquel día mi padre perdió a su madre, y su abuelo, que aún vivía, perdió a su hija, haciendo ese dramático dolor mucho más grande.

Hay un paraje casi selvático en la pedanía hellinera de Las Minas donde mi bisabuelo tenía una pequeña finca y una casa de labranza: es “La Chamorra”; un lugar en el confín de la vega arrocera, arropado por pequeñas escarpaduras montañosas y un rumor sosegado de pájaros y viento. Allí debieron pasar inolvidables horas mi bisabuelo y mi abuela Pura, bajo esa luz primaria del mundo que no cambia aunque cambie el resto de las cosas. Mi padre hablaba con melancólica pasión de “La Chamorra”, de sus esporádicas estancias allí durante su infancia y su adolescencia, y de esa difícil felicidad que nos otorgan las cosas más simples y que no alcanzamos a comprender sino cuando las hemos perdido. Contaba mi padre que cuando murió su abuelo, hubo una pequeña reunión en la casa de “La Chamorra” en la que los herederos se repartieron las menudencias domésticas que había en el cortijo y que él, que nada decía ni pedía, cuando le preguntaron qué recuerdo quería llevarse, descolgó de una pared un retrato enmarcado en el que puede verse, a la puerta de la casa, a su madre y a su abuelo, y dijo: <<Yo sólo quiero esto>>. Es una fotografía muy sencilla en la que mi abuela aparece sobre el poyo de la puerta con ropa oscura, sujetando una escoba, y mi bisabuelo, calado de sombrero, con traje y chaleco, junto a la fachada. Durante muchos años, esta simple imagen a la que yo apenas le prestaba atención, presidió una de las paredes de mi casa. Ningún encanto tenía para mí el retrato y sí muchos enigmas, hasta que con el tiempo fui conociendo su sentido y su procedencia. Hace ya una década que mi padre murió, y la fotografía sigue colgada en una de las paredes de mi casa. Mientras él vivió, jamás fui a “La Chamorra” aunque hubiera oído hablar un millar de veces de ese paraje y con esa afectación con que mi padre lo hacía, pues allí estaba para él, casi con toda seguridad, el origen de la vida y el inexplicable sentido de la muerte. Fue el pasado sábado, por fin, cuando conocí el lugar con motivo de una comida organizada allí por uno de mis primos a la que acudí junto a mis hermanos Eduardo y Rufino. La casa de la imagen sigue en pie, con algunas reformas que la hacen casi irreconocible. Durante unos minutos, traté de encontrar un espacio en soledad para buscar, aunque fuera de manera muy fugaz, un instante que me ofreciera el sabor de lo que allí pudo vivirse muchos años atrás, pero solo encontré el sentimiento heredado de mi padre, las mismas escarpaduras montañosas, la misma vega y ese rumor sosegado de pájaros y viento que bajo esa misma luz imposible y primaria del mundo pudieron ver los ojos de mi padre, los de su madre, y los de su abuelo. Sólo eso.

 

14 de junio de 2021