Pedro Antonio Martínez Robles

En una de esas salidas fugaces y justificadas que ahora nos permiten, en medio de este confinamiento que va haciéndose ya –por qué no decirlo– un tanto incómodo y difícil de soportar, me detuve en la base del mirador (los lugareños le llamamos peana) de El Vaíco, no más de un par de minutos, para saludar al Ñico, fotógrafo retirado que debe frisar ya en los 80, año arriba, año abajo, y acreedor de un anecdotario tan vasto como increíble. Lo encontré acodado en el antepecho que bordea la peana, como tantas veces, y como tantas veces, crucé con él unas palabras de cortesía. En esta ocasión le recordé aquel episodio que un día me contó acerca de una conducta suya durante un paseo en la plaza de la Corredera una tarde de verano en la complicada década de los años 50: me explicó que todo el mundo paseaba en el mismo sentido, tomando como referencia la derecha, y él tuvo la ocurrencia, el despiste o, quizá, la provocación propia de su edad adolescente, de pasear en sentido contrario al del resto de la gente. Al poco de iniciar ese paseo elíptico que permitía la plaza de la Corredera lo detuvo un policía municipal de genio muy vivo y sin mediar palabra le dio una bofetada; ante la perplejidad del Ñico, el guardia municipal le aclaró que lo había sancionado por “pasearse al revés”, esto es, “a izquierdas” e ir a contracorriente, en vez de hacerlo como todo el mundo lo hacía.

Lo dramático del relato es, sin duda, el abuso de autoridad; una autoridad sin derecho a réplica en una época en que los ciudadanos estaban obligados a obedecer sin pedir explicación alguna y quienes administraban la autoridad lo hacían de manera arbitraria y sin cuestionar si las instrucciones que recibían tenían o no sentido. Lo humanamente admirable del relato es que el Ñico lo cuenta sin rencor, como una anécdota más de una época en la que estas cosas tenían que asumirse o aceptarse sin otro remedio que admitirlas como algo “natural” en la época que les tocó vivir, tristísima imagen de la memoria que, sin embargo, no impide sobrevivir con dignidad.

Hoy, que por otros motivos nos ha tocado vivir también una época difícil, convulsa, y con la incertidumbre de no saber hasta dónde ha de llevarnos ni cuánto ha de durar, escuchamos en los noticiarios instrucciones contradictorias que nos parecen incoherentes a veces, y también, a veces, absurdas. Es cierto que esta pandemia que nos ha sumido en una realidad de pesadilla nos desborda y desborda a todo el mundo y nos sume en un desconcierto permanente, en una lamentable desorientación.  Hace días escuché en la televisión, a la que cada vez presto menos atención, que en no sé qué país de Europa estaban valorando la opción de hacer caminar a los ciudadanos por una acera determinada “para ir”, y por otra “para venir”, con una estrecha vigilancia por parte de las fuerzas de orden público, que habrían de emplearse con contundencia para garantizar el cumplimiento de esta norma. Y todo por nuestro bien, que eso también debemos entenderlo sin entrar en discusiones.

¡Quién sabe!… Quién sabe si algún día nos vuelven a dar un vergajazo o nos meten presos por caminar en el sentido contrario al de la marcha establecida y lo veamos entonces con naturalidad o, cuando menos, lo aceptemos con resignación.

 

 

 

16 de mayo de 2020