Pedro Antonio Martínez Robles.

He visto una fotografía aérea de 1970, o de 1969. Como mucho, de 1968. Lo sé porque en ella se ve el corazón del pueblo, con la plaza de la Corredera que algunos recordamos de aquella época y en ella se aprecia ya con toda nitidez el pequeño kiosco de albañilería que le hicieron al Antonio cuando el anterior, el que le habían construido en la placeta de la Merced, empezó a estorbar y decidieron derribarlo. Y eso no fue antes de 1968.

La fotografía, como todas o casi todas en ese tiempo, es en blanco y negro (tal vez nuestros hijos o nuestros nietos acaben creyendo que el color o el sincolorde las cosas era realmente así en aquellos años) y esta estampa aérea abarca, prácticamente, todo lo que entonces era la yema del pueblo, desde el estrecho del Convento, hacia  El Vaico, quebrando en dirección a la tristemente desaparecida Plaza de Abastos, el irreconocible cine Rosales, el defenestrado lavadero municipal, la calle Mayor, con su más que centenario Reloj de la Villa, la casa de los condes del Valle de San Juan (hoy incipiente Museo del Arroz y Casa de la Música), las Cuatro Esquinas, la calle del Lavador, el ya olvidado cine Rialto; en fin… Pero lo que más me llama la atención de esta fotografía no es el transfigurado aspecto arquitectónico que el centro del pueblo nos ofrece hoy y que contrasta fuertemente con esta imagen, pues de sobra sabemos que los estragos del tiempo y la mudable voluntad del hombre nos conducen, con más o menos acierto, a la constante modificación de las cosas. Lo que más  atrae mi atención de esta instantánea es la ausencia casi total de automóviles: sólo una camioneta de carga y descarga, casi una tartana, en la puerta de lo que antaño fuera el bar Montero y un Dos caballosen la puerta trasera del Ayuntamiento, en la de la calle del Lavador. Realmente, no ha pasado tanto tiempo desde 1968 hasta nuestros días, pero estoy seguro de que un vistazo hoy desde el aire a nuestro pueblo puede ofrecer una imagen bien distinta, cuando menos, patética; una imagen llena de apretados hierros multicolores que tienen  ruedas y echan humo, en los que nos subimos para desplazarnos apenas cien metros, para comprar el periódico, tomar un café o una cerveza y en cuyo traslado empleamos más tiempo que si fuéramos a pie. Mirando esta fotografía se me va el corazón arriba y me pregunto qué pensarán los pájaros de todo esto, pues este mundo, queramos o no, también es de ellos.

28 de mayo de 2007