Montserrat Abumalham/Escritora

En la revista de libros de un conocido diario de tirada nacional, encontré la referencia a un librito que compré con la intención de regalárselo a mi hija que es arqueóloga. Como no me gusta regalar objetos desconocidos y menos libros cuyo contenido ignoro, me puse a leerlo antes de que ella venga a visitarme durante sus vacaciones.

¡Qué hallazgo maravilloso! Es la crónica de una excavación, en el periodo de entreguerras del siglo XX, llevada a cabo por un grupo de británicos de distinta procedencia y capacitación profesional en la ciudad perdida de Tell el Amarna, capital que fue del célebre y herético faraón Akhenatón.

La obra se llama Aquí vivió Nefertiti, su autora es Mary Chubb (1903-2003) y, traducida por José C. Vales, se ha publicado en la colección ‘rara avis’ de Alba, Barcelona, 2022. La edición muy cuidada se acompaña de las ilustraciones, salpicadas aquí y allá con gran acierto, de uno de los miembros de la expedición, arquitecto y dibujante reconocido, Ralph Lavers, que completan el panorama de los espacios, sus rasgos distintivos y las personas del lugar que colaboraron con el equipo de arqueólogos. Unos deliciosos dibujos, sumamente expresivos, que nos sitúan y evocan un mundo rural y sus habitantes con su trabajo y sus alegrías.

Pero lo importante es el texto y la personalidad de su autora que se cuela dejando finos rasgos de su capacidad de observación, de su agudeza y sensibilidad artística así como de su humor burbujeante. Es una verdadera novela con toda la enjundia que se halla con frecuencia en la narrativa británica desde los tiempos de Jane Austin, en la época victoriana o a comienzos del siglo XX. La labor del traductor es, por otra parte, impecable y ello facilita una lectura ágil y sin sobresaltos. Además, las notas que añade, salvo una de ellas, son esclarecedoras y proveen al lector no entendido en egiptología ni en arqueología de datos pertinentes. Digo que una de esas notas es al menos sorprendente, ya que se entretiene en identificar a Sem, Cam y Jafet, como los hijos de Noé. Si el lector no conoce a estos personajes bíblicos, tampoco le servirá de mucho que se le informe de quién era su padre y si no sabe nada acerca del Arca, mal entenderá el paralelismo con el embarque de tres personas en una gran barcaza. Así que la nota o es escasa o sobra.

Pero volviendo al contenido; Mary Chubb, que pretendía ser escultora, encontró un empleo en la Sociedad de Exploración de Egipto como secretaria, que le permitía costearse sus estudios en una escuela de arte. Como administrativa consiguió que la enviaran con una expedición en una de las campañas arqueológicas.

Ella era, pues, una mujer sensible e interesada por el arte que, en su momento, solo tenía aquel trabajo por razones de índole práctica y, sin embargo, por esa misma capacidad artística consiguió entender la fascinación que produce un hallazgo arqueológico y que ella consigue expresar como una revelación mistérica: Miré el azulejo otra vez…El telón mental que hasta ese momento había separado mi vida de todo lo que había oído y conocido del antiguo Egipto se levantó de repente y sin hacer el menor ruido… en Egipto había en ese momento un grupo de hombres …trabajando incansables, empujados por una compulsión… que ahora comprendía perfectamente….No creo que ninguno de ellos hubiera dicho: ‘Vi una cosa preciosa hecha por los antiguos egipcios y fue suficiente para decidirme por mi profesión’.  Pero algo, una casualidad tal vez, había hecho vibrar la misma fibra interior y no había tenido más remedio que viajar atrás, en el tiempo y en el espacio, y buscar pacientemente la verdad. (pp.30-31).

Esta especie de arrebato místico que se produjo en su vida contemplando un fragmento de un mosaico, se completó con la experiencia real e íntima de participar en el descubrimiento de hermosas piezas; un idolillo hitita, un dintel policromado, una cabeza de una estatuilla y cientos de abalorios, amuletos, sellos, anzuelos, cuchillos y otras pequeñas piezas. Cada uno de estos objetos suponen para ella una revelación que la conduce a considerar a aquellos pobladores de la ciudad cubierta de arena como seres vivos con los que se puede tener una relación de cercanía e intimidad.

Sin caer en la pedantería, ni en sentimentalismos extraños, llama la atención su fascinación por el trabajo arqueológico que, más adelante, la llevaría también a Mesopotamia, pero sobre todo a considerar a los trabajadores autóctonos en su calidad de personas y a descubrir las conexiones profundas que existen entre los hábitos de la vieja Inglaterra y aquellos otros territorios del Oriente Próximo.

La obra es amena, agradable de leer, instructiva y de gran acierto en el análisis psicológico de las personas a las que se alude. Un libro refrescante en los días de calor que atravesamos.