MONTSERRAT ABUMALHAM/Escritora

No voy a hacer una crónica de la Feria del libro que se ha desarrollado en Caravaca de la Cruz desde el día 15 de mayo al 23. Más bien voy a hacer una pequeña reflexión, que me suscitó el haber participado en ella como escritora, en una mesa redonda en la que estuvieron Antonio Balsalobre, Pepe Fuentes, Teresa Vicente y yo misma, dirigida muy sabiamente por Gloria, de Gollarín, y Juani, de Librería Cervantes.

En esa mesa y al hilo de las cuestiones que las moderadoras suscitaban con sus preguntas, salió a relucir aquello de si los autores tienen rutinas o modos de escribir, si hacen uso de la memoria, si observan a su alrededor, etc. Caves todas ellas que permiten hacerse una idea a quien escucha en qué consiste el oficio de escritor.

Por qué meandros de la mente se enredaron, se persiguieron y derivaron mis pensamientos, recordando lo sucedido allí en esa tarde del día 15, día inaugural de la Feria, sería totalmente incapaz de describirlo. El caso es que derivé en el planteamiento maximalista y fundacional entre narrativa y poesía. Y llegados a este punto, se me ocurrió una fórmula que creo que no deba ser nueva ni original, pero que es la primera vez que la pienso.

Entre mis hábitos de escritura figura el que, antes de ponerme a escribir cualquier cosa, incluso un trabajo científico, suelo contármelo en voz alta. Es decir, durante varios días, no hay un número fijo, me voy contando los avances que hago al describir el objeto de investigación, las preguntas que me suscita y las posibles respuestas que voy hallando. Si la cuestión va de ficción y no de trabajo científico, suelo contarme a mí misma la historia, al tiempo que imagino las circunstancias que rodean a los personajes y dibujo en mi mente el entorno en el que se hallan. Solo cuando el cuadro está más o menos completo, me pongo a escribir. Así que, examinando este proceso, llegué a la conclusión de que, la narrativa es eso precisamente; contarte a ti mismo una historia y procurar que resulte coherente y verosímil. De manera que en la narrativa, independientemente del género, subyace la cultura oral. No hay otra forma posible. Las novelas son simples historias contadas por alguien que, para que no se olviden, se han puesto por escrito.

Pero la poesía, ¿qué es la poesía? Si recordamos, la poesía está íntimamente ligada al teatro, por una parte y, por otra, a los mitos y la memoria colectiva. Pensemos en los griegos, por ejemplo o en los grandes autores del Barroco. Llegados a este punto, me pregunto: ¿cuándo dejó la poesía de ser un género colectivo para transformarse en algo individual, subjetivo e íntimo?

No cabe duda de que la poesía es una dramatización. Entonces, ¿dónde queda la sinceridad del poeta; ese desnudar el alma, que se le atribuye? ¿Os dais cuenta de lo que puede dar de sí una tarde de mesa redonda con escritores? Si a mis compañeros de mesa les ha ocurrido otro tanto, me temo que estemos al principio de una gran enciclopedia sobre el oficio de escribir.

Estas excusas que los libros y sus autores suscitan para hacer volar el pensamiento son una de las cosas más notables que hay en la vida.