Montserrat Abumalham

Fotografía: Miguel Ángel Valero

No cabe duda de que vivimos tiempos difíciles. Alguien recordaba no hace mucho que, sin terminar de salir de la maldita pandemia, que se sigue cobrando vidas y frenando en seco a bastantes, tuvimos que ver cómo un volcán, espectáculo magnífico e indeseable, se tragaba el esfuerzo de muchos, mientras reconstruía el perfil de la tierra como si estuviéramos en la era de los dinosaurios. Por si eso fuera poco, se suceden las crisis económicas que dejan a jóvenes y mayores desprotegidos frente al presente y al futuro. Estas penas colectivas no impiden que a cada cual lo asolen sus pequeñas pérdidas, tragedias, soledades o desamores. Y para colmo de males, ese fenómeno inútil, producto de la soberbia, que es la guerra, y que hasta ahora sucedía lejos, llama a la puerta de nuestra propia casa. Vemos a gente, que se nos parece mucho, reunida en sótanos lóbregos a merced de las bombas, a otros que huyen con lo mínimo indispensable, cargando con sus hijos y ancianos para evitar que mueran en casa y ayudarlos a morir un poco lejos de ella.

Tanto dolor, tanta tristeza, tanta impotencia nos abruma, nos acongoja, nos destruye por dentro y nos deja casi sin esperanza. Pero, de repente, como por arte de magia, en unas cuantas semanas, nos asaltó la belleza, nos inundó el pensamiento, nos arrastraron el debate y la sugerencia. La cultura se hizo presente en sus más variadas formas; la pintura y la aventura de vivir y contemplar, como es el caso de ese hermoso libro de Antonio Martínez Mengual y de su vivencia de Grecia, que se presentó en Murcia recientemente, o esa reunión de hermosuras minimalistas, de dos dimensiones y de tres, del detalle y la abstracción que es la obra de López Salueña, la provocación que suponen su ilustraciones para llenar de plasticidad los versos impecables de Jesús Martínez, anunciar la prosa íntima de Miguel Sánchez Robles o la memoria de Jesús López, sin dejar de lado el universo de Magallanes, ese marino perseverante y malhadado; todo ello en un marco tan adecuado, solemne y rico como la iglesia de la Compañía en Caravaca. La música que cierra el conjunto y que transporta lejos, abriendo camino a las ensoñaciones, a los caminos del espíritu, de la mano de Reyes Aznar y de Ramón Vergara.

Pero el milagro no acababa aquí. De vuelta a la monotonía de la vida cotidiana con las penas que ya se han citado, de nuevo se produce el milagro; de repente, me asaltó un librito, que obliga a lectura reposada y recogida. Un librito que viene del occidente, de allá de la Extremadura y que firma Eladio Méndez, ese poeta magnífico de la palabra sencilla y directa. De su Corazón convulso, os comparto este poema, cargado de amor y humor:

Un regalo original

Catorce de febrero.

No, no me regaló ni un libro

Ni un frasco de perfume.

No sé con qué intención

Recibo de sus manos

Envuelto en una caja

Un intermitente

De su viejo automóvil.

 

Desde ese mismo instante

Repito a todas horas:

 

Me quiere, no me quiere,

Me quiere, no me quiere,

Me quiere, no me quiere

Me quiere, no me quiere.

 

Este cúmulo de regalos inesperados donde el denominador común son el pensamiento, la creatividad y la belleza constituyen, sin duda, el mejor de los consuelos. Apúntenlo aquellos que desprecian o ignoran la cultura.