Pedro Antonio Martínez Robles

Hace algunos días emprendimos una excursión a pie al Santuario de la Esperanza —cosa que no hacíamos, al menos en conciencia, desde la primavera de 1976—. El recorrido no era muy largo: cinco kilómetros para la ida y poco más de seis para la vuelta, bordeando en este caso la ribera del Segura. Y en medio de ambas caminatas, como manda la tradición, comida campestre, respetando rigurosamente lo que reza el consabido dicho de «al campo vas, lo que lleves comerás», por lo que decidimos abastecer bien las mochilas con las vituallas necesarias para el día: perolas con tomate frito, tortillas de patata, embutidos, pan de carrasca, vino, refrescos… Y hasta un termo con café y algunos dulces de pascua de los que sobrevivieron a los remates de San Antón.

Tanto la estancia como la comida en el lugar de destino no habrían cobrado el mismo valor si en lugar de hacer la excursión a pie la hubiéramos hecho en automóvil, sistema que se impuso hace muchos años en estas pequeñas aventuras y que ha ido mermando, sin que seamos capaces de percibirlo con claridad, el auténtico sabor de estas expediciones. En el trayecto de ida pasamos junto a la Cañada Manrique —cuyo nombre, por la desafortunada ocurrencia de alguien, ha sido cambiado por el de Cañada Verde, y en cuyo lecho ha florecido una inabarcable urbanización—, nos intrincamos por el pequeño repecho de una senda, costeando la carretera, nos detuvimos a beber el agua fresca de la fuente de Las Lomas y descendimos, finalmente, por Las Escarihuelas hasta el hondón del Santuario. La vuelta supuso, igualmente, la recuperación de un hábito perdido en las excursiones: el de caminar. En este último caso, disfrutamos de la vista apacible y hermosa de la vega, la transitoria eternidad del río, o la inquietante presencia del Quintal Caído, esa mole que suponemos que hace cientos de años debió desprenderse del acantilado y rodar ladera abajo hasta detenerse al borde mismo del inicio de la vega, como abrigando la secreta intención de respetar la mansedumbre de las parcelas arroceras. Todo esto, dicho así, sin más, no tiene en apariencia ningún sentido, si no fuera porque a más de uno nos ha quedado, según los casos, la manifiesta u oculta sensación de que el auténtico valor de la mayoría de los objetivos que pretendemos alcanzar en esta vida no está tanto en el objetivo en sí como en los caminos que hemos de recorrer para lograrlo. Pero nos cuesta tanto entenderlo…