FRANCISCO SANDOVAL GÓMEZ

La marca indeleble que somos capaces de dejar puede manifestarse de muchas maneras, desde los gestos como individuos hasta el patrimonio como sociedad. Quiero hablar en esta ocasión de una calle de Caravaca y su relevancia histórica, dar pinceladas de algunas cuestiones y dejar al margen los lazos y vivencias que a ella me unen.

La “cuesta de las quinielas” es el tramo más empinado de la calle donde nació el escritor caravaqueño Gregorio Javier, y se le conoce popularmente así por haber sido ubicación para echar la quiniela hace unas pocas décadas. En la historia reciente gana relevancia por la adrenalina que desprende la tarde de cada 1 de mayo, pero la historia de esta calle es mucho más extensa.

Es de sobra conocido el desarrollo urbanístico que experimenta Caravaca a partir de la caída del Reino Nazarí de Granada, pues la villa pasa de estar constreñida en el cerro del castillo a expandirse fuera de sus murallas. De la puerta de Santa Ana (lo que hoy es el inicio de la subida al castillo) sale el Camino a Moratalla (calle de las Monjas), el de Lorca y Granada (calle Mayor) y el de Andalucía Oriental o Jaén. Este último hoy en día no nos resulta tan intuitivo de ver sobre un plano por varias razones. Mientras que, por ejemplo, la puerta de la iglesia de El Salvador mira a la calle Mayor, la calle Escritor Gregorio Javier nace del testero inacabado de la iglesia. Tengamos en cuenta que, cuando se empezó a levantar la parroquial de El Salvador, ya hacía más de 40 años que el crecimiento de Caravaca se había prodigado fuera de las murallas. Por eso, esta iglesia no se edificó sobre un solar vacío, pues hubo que demoler un mesón, un hospital de enfermos y algunas casas y, por ende, se modificó un trazado urbano ya existente.

La nueva parroquial, comenzada a partir de 1537, debía construirse con una alineación muy concreta que vendría impuesta, por una parte, por el consabido eje este-oeste, y por otra, por el camino a Moratalla, junto al cual nace el muro de cabecera del templo. Por esto, creo probable que el camino que dio origen a la calle Gregorio Javier atravesase la actual iglesia hasta la Puerta de Santa Ana. Es decir, esta calle no surgió después de la iglesia de El Salvador, sino que ya existía en las primeras décadas del XVI. Puede apreciarse en la foto cómo la calle no empieza bajo el rosetón, sino, de forma algo aleatoria, frente a uno de los contrafuertes. No está alineada al eje de la iglesia, como lo haría un planificador barroco.

Esta calle forma parte de la carrera oficial en las procesiones de Caravaca: Semana Santa, Corpus Cristi… Pero sin duda es la procesión del Baño de la Vera Cruz la que cada 3 de mayo le hace recobrar una viveza especial, donde el balcón se hace elemento indispensable de cada casa y participa con coloridas galas y lluvias de pétalos. La llamada “Esquinas del Vicario” constituye el final de la calle, que no del histórico camino, el cual continúa por la calle de Alfonso Zamora hacia Mayrena. Dice la tradición que este recorrido de la procesión del Baño ha permanecido invariable durante siglos. Francisco Fernández recogió en su libro “Fiestas y Celebraciones de la Vera Cruz de Caravaca” que a principios del siglo XVI ya se realizaba este itinerario, siguiendo el camino de Mayrena hasta el cerro de la Cruz, donde la caballería que precedía al cortejo obtenía una amplia visión del territorio circundante para asegurar que el ancestral rito se celebrase sin contratiempos.

Y es que la calle donde en 1929 nació el escritor Gregorio Javier es una calle con solera y blasonada, cuyo primer tramo tiene más anchura que el resto de las calles de alrededor. En ella antiguamente se ubicó el hotel Victoria o el Círculo Mercantil (actual Ateneo en la Plaza del Arco), que en los primeros años del siglo XX daban una distinguida vida a la calle. Más arriba tenemos el palacete de Musso-Muñoz Melgarejo (hoy convertido en museo de los Caballos del Vino) y la Casa de la Torre o Condes de Reparaz, cuyo reloj es toda una referencia del casco antiguo.

En definitiva, es una calle que guarda una esencia propia, inalterable con el paso del tiempo, como demuestran estas dos fotos tomadas con un lapso de más de 60 años. A veces, un empeño en un momento determinado, como la restauración de la iglesia de El Salvador en los setenta del pasado siglo, es capaz de modificar la fisionomía mucho más que largas décadas de historia sobre una calle entera.

Acerca del inicio de construcción de El Salvador me he documentado con los últimos datos al respecto arrojados por el arqueólogo caravaqueño Indalecio Pozo, quien en una visita a los vítores descubiertos en la fachada de la iglesia a finales de 2019 suscitó la posibilidad de que los cimientos de la parte que nunca llegó a levantarse de la iglesia permanezcan aún bajo el inicio de la calle Gregorio Javier. Sería estupendo comprobarlo. Quizá no esté todo escrito.