Gloria López. Centuriona
La frase «la prueba no la acabó el primero… la terminé yo» bien puede resumir mi participación en la IX edición de la media maratón alpina de la A-lmudayna. Después de siete horas por el monte para una cuarenteña que solo entendía por alpino una Centurionamarca de lápices de colores acabar casi la última… es ya una victoria.
Mi relación con el monte, como dice un amigo mío, al que después del día que le dí aún me habla, (ganado precisamente no en los bares, sino en los riscos), es una relación de amor-odio que avanza poco a poco. Cuando hace seis meses tuvo la ocurrencia un insensato de decirme que no sería capaz de acabar la almudayna, no imaginaba que la insensata sería yo por aceptar el reto y apostarme un tatuaje. Si la hace todo el mundo… ¿No la voy hacer yo? Pues a punto estuve que no.
Son 23 kilómetros que comienzan en la sierra las cabras (mejor definido imposible) pero que se reparte en tres cuestas a cual peor con sus tres bajadas (las que yo descendí con el culo y herida gravemente en mi orgullo), más algunas semicuestas que eran literalmente paredes a escalar que bien podían haberse llamado el muro de las lamentaciones, (porque yo creo que me lamenté más allí que en la oficina de Hacienda) más un cortafuegos (en el que no lloré porque la mejor personal trainer del mundo mundial no me dejó, porque ganas no me faltaron); un cortafuegos lleno de banderas que parecía aquello que me había muerto y entraba en el infierno para acabar en cinco kilómetros, 5000 metros inacabables precisamente por la cercanía del fin, ese que nunca llega.
Siete horas tres minutos que valieron el medio minuto que tardé en cruzar la meta.
Esa meta en la que estaba mi equipo. Un equipo (los presentes y los ausentes) formado por gente (maravillosa) que no aspira a competir ( y que conste que es admirable corredores y ciclistas que compiten en esta prueba, dura como ella sola, preciosa como ninguna); solos, porque a las cinco de la tarde ya se habían ido a comer todos menos el apuntador, que coreaba mi nombre y el de mis tres sufridores acompañantes (que podían haber acabado en tres horas pero sacrificaron su gloria por la mía). No se a quien le dió más alegría, si a ellos que no habían comido, a mí que no me lo creía o al del micrófono que no veía la hora de terminar.
Ese momentazo entrada resume el espíritu de una prueba que te llega al corazón; por los paisajes ( tocando el cielo); por los que corren (que piernas); por los que pedalean (a los que algunos medio muertos ayudaban a subir las bicis); por los que ayudan (todos del pueblo y sin más recompensa monetaria); por los que organizan (nada puede salir tan bien sino se hace de corazón) y por la gente que participa (a los que ví adelantarme a todos) y con los que me lo pasé tan, tan bien. Y eso es de lo que se trata.
Ahora solo me queda buscar sitio para tatuarme: «Perder con clase, vencer con osadía, porque el mundo es de los que se atreven». Una apuesta es una apuesta y yo… crucé la sierra las cabras.