Pedro Antonio Martínez Robles

Aunque no era la primera vez que iba a Madrid –pues ya lo había hecho cinco años antes en el prehistórico camión Leyland de mi padre, que aún se conserva hoy como una desvencijada pieza de museo en las instalaciones industriales de mi familia–, sí que era la primera ocasión en que lo hacía solo, sin ningún acompañante familiar y en la litera de otro camión que más tarde también acabaría comprando mi padre, aunque entonces, ni él ni yo ni nadie supiéramos que eso iba a suceder. Era un 3 Ejes que conducía entonces Jesús El Nene, y en el que viajamos durante toda una noche hasta llegar a Legazpi cargados con fruta. Eso fue en 1971 y yo solo tenía 11 años y acababa de terminar mi primer curso de bachillerato del plan de 1967. Yo entendí aquel viaje como una recompensa a mis rendimientos académicos, pero con el paso de los años fui dándole a aquel gesto de mis padres otra interpretación: quizá no se tratara tanto de un premio como de una prueba de fuego, el planteamiento de un reto que, sin saberlo, debía superar. Llevaba mi ropa bien doblada en mi maleta y algo de dinero, el justo para pedir un taxi que me llevara hasta la casa de mi tía Dolores. Ahora, a través de todo el tiempo transcurrido desde aquel día, pienso en aquel viaje inconcebible hoy para un crío de 11 años, en un camión conducido por un extraño entonces para mí (no para mis padres), con un destino (Legazpi) donde nadie me aguardaba, y con las instrucciones de dar al taxista la dirección muy bien memorizada de la casa de mi tía en cuyo portal, por cierto, tampoco me esperaba nadie. Recuerdo con meridiana claridad cómo llegué hasta el edificio de la calle Rodríguez San Pedro, 24, entré en él con la autorización del portero, subí los peldaños de la escalera hasta el primer piso, pulsé el timbre del pequeño apartamento donde vivía mi familia y me abrieron la puerta con la mayor naturalidad del mundo, sin que hubiera nada de extraño en el hecho de haber viajado solo con 11 años desde el pueblo hasta la capital de España y haber tomado un taxi, con un conductor absolutamente desconocido, para cubrir la distancia que me separaba desde Legazpi hasta el corazón de Madrid. Todo muy normal para mí, que me sentía todo un hombre moviéndome con poco más de 10 años por el gran mundo. No es la primera vez que me pregunto, mientras redacto estas líneas, si aquel viaje de auténtica libertad en el que pude sentirme por primera vez en mi vida “una persona adulta” con todas sus responsabilidades adquiridas, no estuvo realmente diseñado y controlado desde el principio por mis padres y mis tíos, con la vigilancia de Jesús El Nene, y si el taxista que yo creí elegir al azar no sería del todo desconocido para mis tíos. Todo eso, ni lo pregunté jamás ni lo sabré ya nunca; pero lo cierto es que en aquel momento yo tenía el convencimiento de que había superado aquel trámite que me convertía ya en un hombre con todos sus atributos y aquel viaje, inconcebible hoy, hizo que naciera en mí el sentido de una responsabilidad llena de dudas que aún me sigue acompañando.

Mientras miro ahora a los chiquillos de 11 años, tan acompañados, tan custodiados en todos sus actos, me pregunto qué inquietud sobrecogería a mis padres en aquel viaje que por primera vez hice solo a  un mundo extraño y qué clase de confianza me otorgaron para que todavía hoy, a cincuenta años de aquella aventura, me siga pareciendo algo asombroso.

 

31 de mayo de 2021