Antonio José Espín y Patricia de la Cerda/Fernando III el Santo y Beatriz de Suabia
Un sueño hecho realidad, ése es el resumen que nosotros hacemos de esta bonita experiencia que estamos viviendo. Un deseo desde nuestra más tierna infancia, en la que disfrutábamos viendo desfilar por la Gran Vía a los Reyes Cristianos de Caravaca. Un deseo que se hizo realidad, hace ya más de un año y medio, y que estamos disfrutando como niños, sacando lo mejor de nosotros en cada momento y atesorando una ristra de recuerdos maravillosos que nos acompañarán, estamos seguros, el resto de nuestras vidas.

Antonio José Espín y Patricia de la Cerda/Fernando III el Santo y Beatriz de Suabia
Un sueño hecho realidad, ése es el resumen que nosotros hacemos de esta bonita experiencia que estamos viviendo. Un deseo desde nuestra más tierna infancia, en la que disfrutábamos viendo desfilar por la Gran Vía a los Reyes Cristianos de Caravaca. Un deseo que se hizo realidad, hace ya más de un año y medio, y que estamos disfrutando como niños, sacando lo mejor de nosotros en cada momento y atesorando una ristra de recuerdos maravillosos que nos acompañarán, estamos seguros, el resto de nuestras vidas.
Este sueño llegó a su punto álgido en los primeros días del pasado mes de mayo, hace prácticamente un año, cuando el Bando Cristiano de Caravaca nos dio la oportunidad de convertirnos en Fernando III El Santo y Beatriz de Suabia, monarcas que marcaron la historia de este pueblo y que año tras año representamos con la mayor dignidad posible, siendo siempre conscientes de la responsabilidad que ello entraña y la confianza que tantos y tantos caravaqueños depositan en nosotros. Durante esos días Caravaca se traslada al Medievo, convirtiendo a los representantes de la Fiesta en los históricos personajes que marcaron el devenir de este pueblo, teniendo siempre como insignia y guía a la Santísima Cruz, protagonista absoluta del Festejo. Ella, nuestra Cruz Bendita, tal como reza el famoso Parlamento entre los reyes moro y cristiano, es el epicentro de esta Ciudad Santa y a la que nos acogemos, para que nos proteja, en cada estación de este corto, pero intenso viaje, como Reyes del Bando Cristiano caravaqueño.
Echando la vista atrás, y contestando a la pregunta que más veces nos han hecho a lo largo de estos meses ¿Cuáles son vuestros mejores recuerdos de las pasadas fiestas?, nos vienen a la mente algunos momentos especiales, como flashes de una película, que guardaremos en nuestras retinas mientras nos quede memoria, pues supusieron para nosotros un compendio de emociones y sentimientos indescriptibles que, si bien viviremos otros de intensidad parecida, éstos no son comparables a cualesquiera que vayamos a vivir nunca. Nuestra primera salida, el 2 de mayo por la mañana, día en que Caravaca se viste de blanco y rojo y se mueve al compás del sonido de los cascos de los caballos del vino. Mañana soleada, calurosa incluso, en la que montábamos por primera vez nuestros caballos, caracterizados como Fernando y Beatriz, dejando en casa a Antonio y Patricia. Esa mañana fue de ensueño, pues nuestro cuento empezaba a escribirse y Caravaca nos acogía con los brazos abiertos. Teníamos junto a nosotros a nuestro Bando y a nuestras huestes, arropándonos en esta primera salida y, aunque parecía que el corazón se nos iba a salir por la boca, logramos disfrutar de cada instante, fundiéndonos con el ambiente festivo que nos rodeaba. Saboreamos la Misa de la Aparición, emotiva como ninguna, nuestra visita al Centro de Mayores, el desfile por el casco antiguo de la Ciudad, la entrada en la Plaza del Arco y, como no, la subida de la cuesta del Castillo, abarrotada de gente que esperaba la llegada de los Caballos del Vino para iniciar sus carreras. Igualmente, tuvimos la oportunidad de vivir un momento irrepetible, la bendición del vino y las flores, en la Basílica-Santuario de la Vera Cruz, que hasta el momento sólo habíamos visto por televisión y que nos dejó impresionados, por la intimidad del acto y la emoción que se respiraba en el ambiente. Desde luego, fue una mañana del día 2 diferente a las que anteriormente habíamos vivido, emotiva y apasionante. Ese mismo día, al caer la tarde, volvíamos a enfundarnos el traje, la capa y la corona, esta vez para acompañar a la Patrona en su primera procesión. Desde luego, si la subida al Castillo esa mañana nos erizó el bello, la bajada, entre dos de nuestros grupos cristianos, con la penumbra de la noche y las tenues farolas de esas calles empinadas, fue absolutamente conmovedora. Esos momentos de recogimiento dieron lugar a una situación mucho más jubilosa, con la entrada a una Plaza del Arco y una Gran Vía inusualmente abarrotadas en la tarde del 2 de mayo.
Ya el día 3 viviríamos el momento más especial de estas Fiestas, al que precedía un sobrecogedor desfile por las calles estrechas y con encanto que llevan hasta la Cuesta de la Cruz. Recorríamos el camino de la Santísima Cruz, ese que sigue recorriendo desde hace siglos, año tras año, para acudir al antiquísimo Baño del Templete. Nuestros corazones parecían palpitar con más fuerza que nunca cuando nos acercamos al inicio de la cuesta, ésa que deja ver el mar de gente que espera inquieta lo que sucedería a continuación y que nos recibió con un abrazo fortísimo en forma de aplausos y palabras de cariño. La bajada de la cuesta es indescriptible, hasta el momento no hemos encontrado las palabras exactas que puedan definir nuestros sentimientos, que estaban a flor de piel y que así continuaron hasta que llegó la hora de la verdad, la prueba de fuego para estos nuevos Reyes, el Parlamento. Verdaderamente todo pasó rápido, pero pudimos disfrutarlo, pudimos empaparnos de la energía que nuestros cristianos nos transmitían y finalmente batallamos con los moros, ante la atenta mirada de nuestra Santísima Cruz. Ese momento, esos minutos en los que a escasos metros de Ella, le implorábamos en la lucha, quedarán para nosotros mientras vivamos, pues son tan especiales, que de nada serviría intentar describirlos con palabras. Un día inolvidable, magnífico, que hizo que todo el esfuerzo y la dedicación que este cargo festero conlleva, mereciera la pena.
Por nombrar el último de estos recuerdos especiales, el día 4 tuvo, aunque de una manera mucho más distendida, otro halo enigmático que hizo que el tiempo se parara en la Gran Vía caravaqueña. Los vítores de la gente, los aplausos, las flores, los besos lanzados al aire… nos llenaron de felicidad en cada una de las tribunas por las que pasamos. Un pueblo entregado a su Fiesta, que consigue además enamorar a todo el que la vive desde dentro, pues tanta muestra de cariño desinteresada no hay palabras de agradecimiento que la reconozca.
Haciendo este balance, ordenando estos recuerdos, vuelven a renacer en nosotros las ganas de vivir con la misma pasión que lo hiciéramos el pasado año, estas Fiestas que están a punto de comenzar. Deseamos únicamente volver a contar con el apoyo de este gran pueblo, que acoge siempre en sus brazos a sus Reyes Cristianos, para poder disfrutar, al menos la mitad de lo que lo hicimos el año anterior, pues de ser así se convertirá en el final perfecto de una historia soñada y hecha realidad, que guardaremos como un tesoro el resto de nuestras vidas.
Gracias mil veces a todos los que habéis hecho posible cuanto contamos, pues lo más bonito de todo es haber podido vivir este sueño a vuestro lado. Gracias Santísima Cruz. Gracias Bando Cristiano. Gracias Caravaca.