Isabel María Espín Serrano

No tengo nada revelador que decir y usted no espera encontrar en estas palabras un motivo para cambiar su forma de entender el mundo. Aun así escribo esto con la esperanza de que sea leído hasta el final y que de todo lo expresado a través de largas oraciones y de fastuosos párrafos le transmitan algo, por efímero que parezca, el cual permanecerá en su memoria lo imprescindible para pensarlo y crear su propio juicio dándole el valor que juzgue oportuno, después, desaparecerá ese pensamiento para siempre.

Tras la enunciación que acabo de realizar, el asunto de este artículo no puede ser otro que la voluntad de pensar. Sin duda, no es ningún tema innovador ni desconocido para cualquier lector con un mínimo de cultura pero por esa razón, no intento añadir nueva información solo debatir lo que ya se conoce. Ante todo quiero lanzar al aíre la siguiente cuestión: “¿tiene libertad de pensamiento?”. Con esta pregunta lo que busco poner de manifiesto no es que piense lo que quiera en el momento que desee sino si es capaz de comunicar públicamente todos sus pensamientos sin autocensurarse a sí mismo. Pensar significa no someter la razón a ninguna ley, dogma o principio que la sociedad inculca a sus miembros por ello cuando escucho hablar a determinadas personas no puedo más que entristecerme debido a que el eco de sus palabras que llegan a resonar en mi mente son demasiado familiares, quizás tanto que podría adelantar el final de su discurso pero lo peor de todo es que nadie se salva, ni siquiera yo por mucho que lo intente. Es difícil aceptar que no somos libres en este sentido pues prima sobre nosotros otros conceptos que consideramos más importantes. Nos han enseñado cuán fundamental es ser libre y no permanecer esclavos de nada pero en realidad si lo consideramos de verdad, ¿podemos decir que no somos esclavos del temor a la intolerancia, a no ser aceptados por los demás, a dañar a otros simplemente con un puñado de palabras?

Las palabras cuando salen de tu pensamiento y son utilizadas contra alguien pueden doler y también pueden suponer el principio de un ataque dialéctico donde se transforman en golpes inesperados que consiguen que caigas al suelo y los cuales te dejan tumbado lo suficiente para que el árbitro del combate decida que el tiempo de espera ha acabado y tu oponente pueda congratularse de su victoria pues su objetivo ha sido logrado, ahora no eres más que otro de los muchos que permanecen indefensos y débiles en el suelo y es que lamentablemente el triunfo siempre está del lado de los más crueles.