Pascual García

Mi tío José nos regaló a todos sus sobrinos, con motivo de uno de sus viajes al pueblo, una pequeña cámara fotográfica en el inicio de mi pubertad. Era una persona generosa, que trabajaba y vivía en Bélgica y que podía concederse ciertos caprichos, pues estaba casado pero no tenía hijos. Aquel regalo fue estupendo hasta que pregunté por el precio de los carretes de fotos y, sobre todo, por el revelado de cada una de ellas. Resultaba abusivo a todas luces para la economía de un muchacho sin posibles, y muy pronto entendí que no podría permitirme el uso y disfrute de aquel presente como yo había imaginado. Hoy, pasados más de treinta años, es infinitamente más barato el arte de la fotografía, eso sin mencionar la ganga de las cámaras digitales.

De cualquier modo, en una de aquellas grandes nevadas en Moratalla me aprovisioné del material necesario y salí a la calle con mi modesta máquina. Enfoqué paisajes inéditos con el lujo de la nieve inmaculada, el perfil escalonado del pueblo con los tejados blancos desde lo alto del Castillo; retraté a mis amigos y me fotografiaron a mí en posturas diversas, ficticias o habituales: tumbado sobre la nieve, junto al precipicio de Las Torres y con la sierra al fondo o junto a la puerta del Castillo. Paseé por el pueblo y busqué rincones sorprendentes, nuevas vistas, mientras el frío y la humedad iban minando de un modo paulatino mi espíritu de aventura y la película de fotos en blanco y negro se iba agotando. Las últimas se las eché a mi hermana en mi calle apostada contra aquellas viejas puertas de madera y clavos, que tanto me han entusiasmado desde siempre.

Seguramente pospuse el revelado de todo el reportaje para mejores días y caudales más abundantes. Olvidé la cámara en alguno de los cofres de mi casa, entre las colchas de verano y las mantas del invierno. Transcurridos bastantes años, mi mujer y yo adquirimos una réflexen uno de nuestros viajes y con ella nos paseamos por Tailandia de donde nos trajimos docenas y docenas de imágenes exóticas y entrañables. Estábamos recién casados y todo era novedoso, incluido aquel ímpetu por la fotografía. La fiebre pasó, como pasa todo lo que no es verdadero y otras ocupaciones, otros afanes diversos llenaron nuestros días.

En aquel tiempo había un único retratista en el pueblo, Fernando Sánchez, que se encargaba de cubrir los eventos familiares de todo el municipio: las bodas y alguna foto suelta de comuniones, las primeras fotos de carné y otros acontecimientos importantes. De paso, recogía la crónica social y festiva de Moratalla y fijaba para los archivos curiosidades y anécdotas varias. Nadie se hacía demasiadas fotos. En mi casa guardamos con celo alguna de mis abuelos, paternos y maternos, y dos especiales, aún más antiguas de mis bisabuelas, presiden uno de los rincones del salón de mi casa.

El avance implacable de las nuevas tecnologías ha democratizado el acceso a instrumentos que algunas décadas antes eran impensables o pertenecían sólo a un estrecho círculo económico. Hoy, editar tu propio dvd, almacenar miles de fotos en el ordenador, retocarlas según tu gusto, diseñar montajes, crear powerpointsa tu medida o de acuerdo con las necesidades del trabajo, se halla a la orden del día.

Acabo de regalarle a mi mujer, por su cumpleaños, el último modelo Canon digital, con vídeo incorporado y otras mil funciones y posibilidades, que ninguno de los dos será capaz de desentrañar en toda una vida. Nos basta con echar fotos, buenas fotos de la manera más sencilla y con guardarlas en el menor espacio posible. Ahora que todo es más fácil y barato, descubro en uno de los arcones de mi madre la vetusta Kodak Instamatic, que me regalara mi tío José. Está intacta en apariencia y lleva un carrete dentro que me apresuro a revelar, emocionado como un niño, que encuentra de manera imprevista un juguete perdido.

Las instantáneas han perdido el vigor original, pero una a una van desgranando la magia de un tiempo ya irrecuperable y en el misterio de su hallazgo encuentro una cifra del enigma de los días. Todo es, de algún modo, deterioro y así queda reflejado en las fotografías, en las que están los paisajes nevados de Moratalla, las calles y los callejones del casco antiguo, los rostros sonrientes de mis amigos y el mío propio no muy lejos de un muñeco de nieve que hemos modelado en las Torres. En otras, aparece mi hermana con pocos años, con coletas y una sonrisa infantil mirando con fijeza al muchacho que detiene su imagen fascinado.

Ahora todo esto parece un juego de espejos, pero todas las fotografías, que voy poniendo encima de la mesa, conforman un pedazo de mi propia vida, como si el milagro del eterno retorno se hubiese hecho posible y mi infancia me saliera al encuentro con descaro y una pizca de ironía.